Tuesday, October 10, 2017

JUGUEMOS A IMAGINAR...



*Foto: Olive Ann Alcorn por Alfred Cheney Johnston. 1925











La luna*


Quisiera ver esa luna
Que transita por la mar
Canciones azules lleva
En su vientre y en su espalda

La niña de ojos cálidos
Observa la luna que viaja
Por las olas del deseo
Nadando en cada pausa

Su amado está en la otra orilla
Contemplando la luna que lleva
Los sueños de su amada
Escucha  las  canciones
En un  estuche de nácar

Con los pies hundidos
En la arena blanca
Espera la niña serena

Lleva la luna compinche
En una barcaza  de cañas
Trae a su amado de otra playa

La luna se hunde
En la mar rosada
Cuando el sol entibia
A la madrugada.

Descansa la luna
En un lecho de algas
La tarde la ira maquillando
Para ascender en estelas de plata.











JUGUEMOS A IMAGINAR...

-Textos de Nora Azul del Rosario Akimenco.










*



Se cuenta que hay rastros de pisadas de niños en lugares insólitos. Cerca del mar ellas son de un color rojizo.  En las arenas blancas de las mejillas son pecas coloreadas con piel de animales extintos. Sabores de algas marinas que del verde han pasado al rosa rodeando las mejillas y la nariz de varias generaciones.
Es una herencia que ha dejado sus rastros hasta el presente.  Ellas denotan la inacabable búsqueda del misterio del origen. El de la curiosidad y la impertinencia de  predecir al futuro.








*



Los lunares, ovillos de la luna, son rastros estelares. No hay uno igual a otro, son de diferente textura, color forma. Habitan en nuestro cuerpo desde el origen del universo.
En la Antigua Enciclopedia Lunaria se comenta de Nigromantes quienes leían líneas de linaje observando los lunares de cada individuo, pudiendo separar a nobles de plebeyos.

Ellos sabían la verdadera historia de Luna y su compañero Luno.  Cuentan que Luno y Luna eran el uno para el otro. Ambos eran los guardianes de nuestro planeta. Poseían cada uno un territorio de constelaciones estelares. Luno del Hemisferio Norte y ella el Hemisferio Sur. Así convivieron varios años luces. . Él se ocupaba de las estaciones y  clima. Ella, de los ciclos de la mujer y las hembras para su reproducción, del ascenso y descenso de las mareas,  de dar su cara llena para escuchar el aullido de los lobos  y tantos fenómenos imperceptibles para el ser humano.

La Luna siempre ha sido considerada una deidad benigna o maligna. Según las tradiciones. Una noche, aconteció  una lluvia de estrellas y Luno desapareció de su órbita…desde entonces  Luna presenta un rostro oscuro. Dicen los grandes maestros que este fenómeno se debe a la tristeza de Luna. Nunca más encontró a su compañero. Siempre lo anda buscando. Por tal motivo, Luna deja un sello de identidad a los seres humanos.

Para alegrarla los marinos la nombraron “la luna viajera”.

En cada niño que nace deja un rastro,  un genoma que se ha ido modificando con la evolución del hombre. En ese sello yace  un código inscripto de las anteriores generaciones que permite proyectar nuevas experiencias y vivencias. Dicha naturaleza  denota  la herencia de la humanidad  para crear el bien o el mal.

-Apartado VI, del artículo “Nueva teoría de la evolución” de Selene Rogers. Editorial Universo.










*



Era nítido y susceptible

No deseaba estar allí

Quería tener su propia vida

No me imaginaba que podía salirse de mis papeles

Pertenecía a mis locuras de la fantasía

Pero él se negaba a seguirla

Tenía su propio destino

Aunque intentaba aferrarlo entre signos de paréntesis

o lo engañara invitándole a participar en una estrofa poética

Él quería vivir su vida.

Como un globo soplado hasta la medianía

Tenía una gran flexibilidad

para escurrirse de mis ideas de vanidad

Entre soplos y sus desiguales formas

iba mutando para escaparse airoso

de mis impertinencias

Quería volar por los aires de la montaña

Se mecía intuitivamente franqueando las redes

Que intentaban envolverlo.

Con una viveza casi perfecta

Dejó su impresión en blanco y en suspenso…

Desperté de la pedantería y el egocentrismo

No quise detenerlo más

Un rayo oceánico expandió  mis ojos

Asombrada apacigüé mi orgullo

Y me entregué a observar el intervalo.










*



De usted aprendí a soltar metáforas, logrando verse en el vidrio empañado del espejo. Allí aplaudían las olas al ojo agudo y giratorio del faro. Ese guardián que nunca tiene sueño, siempre está en alerta como las gaviotas y los caracoles semienterrados.
Desde su partida han llegado animales con rulos, dicen que son como las ovejas. Pero, para mí, son perros disfrazados con copos de nieve, como los que allá hay en su lugar de trabajo.
Sus campanas no sueñan igual. Muchas veces he intentado reanimarlas  con agua mineral, pero su sonido es como un barco naufragando. Chillan, gimen, ahuyentando los fantasmas.

El roquerío lo está extrañando. Enverdecido por la nostalgia.
Insisto en grabar sonidos de aire puro y de mar ardiente.

La otra noche comprendí que la luna estaba abrigada con un poncho de lana. Tejido por manos trabajadoras. Puras como el amanecer, brillantes como su silencio.

Debo decirle que en mi trabajo desde la cocina de mi suegra. Tengo mi oficio, mi entrega de poeta. A las empanadas las llamo media luna con dedal. Al pollo ventisca de plumas. Al arroz granos de nubes de Chile. Y  menú a la carta, lo llamo Menú al sobre.



(Desde Isla Negra.)











*


Me faltó un beso

Esta mañana

Descansaba desnuda

Y entre sueños oía

Cómo el ruiseñor

Tarareaba

Su suave dueño

En puntitas de pié

Al solcito orientaba

Me faltaron tres y cien besos

Esta mañana.

Cuando te encuentre

En secreto

Te robaré las plumitas

Del ruiseñor de tus labios.










*



Estoy tomando un café, esperando ver a gente famosa. Siempre, desde chica,  en Buenos Aires tuve esa cualidad muy Cholula. De repente lo veo a Borges con su bastón. Miro sus ojos perdidos. Me le acerco, quiero charlar con él.

Le digo -Hola Borges, ¿me puedo sentar?  Lo he visto en La Plata, lo he visto en varias ciudades y se que es bastante galán.
-Es más a mi me seduce porque tiembla  mi voz.

-Pero por qué podría seducirla si soy un viejo que apenas puede leer algunos trazos.

La respondo  en tono firme: uno ama lo que conoce y la imaginación viene después. Yo amo su Aleph, es más tengo uno en mi casa. Si yo no hubiera leído su Aleph no lo habría encontrado. Pero Ud. lo conoció y lo descubrió y estoy segura que lo amaba.  Hasta ser capaz de robarlo. Ud. no lo robó, pero yo siii. Tuve la desfachatez de ir al sótano y robarme esa esfera luminosa. La tengo en mi mesa del living  bajo la lámpara de mi abuela, la persona que me dio el empuje de aprender a leer y a escribir. Cuando en las noches la enciendo,  ella refleja todos los colores, diferentes universos,  según la posición que la mire. Es más proyecta en la pared matices que no existen para todos, porque se van enlazando en tonalidades de intenso esplendor Además, tengo las fotos de mis seres queridos y la nostalgia no abunda. Sólo la felicidad de la vibración. Pero bueno, Jorge Luis, creo que ya somos casi amigos. Perdón por mi prepotencia y mi entusiasmo.

-Querida señora: ¿A qué se dedica?

-Sonrojada y tímida le contesto: a buscar lo que amo.

Me contesta con una expresión cálida -el amor es lo que también he tratado de encontrar. Es fácil leerlo. Pero vivirlo, a eso no nos enseñaron.
Asentí, le tomé su mano firme y me fui imaginando el golpe del bastón en su caminar.-














*



Él les creó una luna artificial en el ventanal

Coleccionó rosas de un florero dormidas

Dibujó  un sol de girasoles en la pared

Les cantó una serenata debajo de la persiana

Con una guitarra de juguete

Se puso alas de papel crepe y alambre

Se vistió de súper héroe

Hacía morisquetas para que rieran

A él lo llamaban Papá.-










*

Soy Azul. Me gustan los espejos. Me intrigan. Me encantaría mirar dentro de ellos. Creo que ahí existe otro mundo. Mi pedido es fundirme en él. Y observar desde el otro plano o universo paralelo. Siempre intento mirar más allá porque sueño deseo y me anima curiosidad.
Soy esa imagen reflejada o soy otra. En realidad creo ser otra. Si, demasiado aniñada. Demasiado fiel y con tantos deseos de volar, que me pierdo en una tela de araña, en una flor o en el vidrio humedecido por el vapor. Pero, a veces no me reconozco.

Y dudo.









**

-Nora Azul del Rosario Akimenco.  Vive en la ciudad de La Plata. Es Licenciada y profesora en Psicología. Directora de Psicodrama Terapéutico y Pedagógico.-
Instructora de Hatha Yoga. Autora del Libro "¿Cuando me vas a conseguir un papá y una mamá?" Editorial Universitaria de La Plata.
Participante  en "Palabras al viento" Antología y narrativa de Escritores de La Plata  y de "50 años de buena letra" Antología 2005, sociedad argentina de escritores/ La Plata. 2005.









Inventren






LA DELICIA DE SER YO*



Estaba en una estación de trenes, desnuda y ansiosa por conocer distintas estaciones: Comencé a mirar los carteles curiosa: locura, destino, mujer, hombre, padres, hijos, alegrías, amor, melancolías, soledad, matrimonio, esclavos, creación, felicidad.
No sabía que dirección tomar y estaba convencida que quería viajar a todos esos lugares. Por lo cual, decidí sacar un abono y me dirigí a la boletería, allí estaba un Sr. serio, circunspecto y de pocas palabras, que vendió las series con discreción. Quise preguntarle como empezar mi aventura, pero su indiferencia me inhibió tanto, que no me animé a interrogarle.
Así, me dirigí al tren, bastante insegura y... comenzó la travesía y sin pensar demasiado, me entregué al recorrido mirando por las ventanas del enigmático convoy. Había muchos pasajeros: hombres, mujeres y niños. También ancianos a los que les costaba mucho estar de pie, llevaban sus años en sus maletas de cuero manchadas, pero con dignidad.

No sabía donde bajarme y en estación locura me quedé... Haciéndome la valiente comencé a deambular sobre la acera, inquieta por la suerte que me podría tocar. Caminando despacio observé seres que detrás de sus espaldas tenían alas de verdad, no podía creer lo que mis pupilas veían y asombrada estaba a punto de gritar, no comprendía por qué en esa ciudad estaban los locos con su capacidad de volar. Pero no podían hacerlo, sus alas estaban atadas con una camisa de fuerza, quizás de tanto remontar. De inmediato giré asustada, horrorizada, alguien en mi espalda puso su mano y me dio tal susto que por poco me caigo. Se acercó un hombre joven, de piel blanca y de ojos grises y susurró a mi oído, hija, aquí no te quedes, es macabro este lugar. Toma el tren para otro lado no te quedes, te podés contagiar. Así, fui corriendo a la terminal y esperé a que el transporte me dejara en otro paraje. Nuevamente subí y me senté en un vagón insegura, pensando a dónde podía parar, cuando se detuvo en melancolías - como siempre- entrometida, salté y me quedé. Era un paraje de tinieblas, no tenía miedo, estaba la calle tan gris, que mis zapatos se empezaron a humedecer, aparecí. Parecían derretirse en ese humo pegajoso, no me gustó. Me fui casi sin respirar. No quería empaparme de ese vaho que paralizaba mis pulmones. Nuevamente fui a buscar el ferrocarril. Tenía boletos de sobra.
Cuando llegó, ya sabía donde me iba a quedar, cuando vi el letrero de “hombres” agitada me lancé a las veredas. Me dije, esta es mi oportunidad. Que contenta estaba: había tantos para elegir: morochos, rubios, pelados, altos, con guita, deportistas, se me hacía agua la boca...de mi cartera saque un espejo y delineé mis labios con sabor rojizo, estaba sonriente y dispuesta a acercarme a un morocho de barba, muy elegante, muy atractivo, pero al descubrir mi intención me sentí presa de una inocente cobardía y me dije: aún no estás preparada, ándate no busques en él lo que no encuentras en vos. Y me fui, cabizbaja hacia otra ciudad.
En la vía férrea  encontré nuevamente al vendedor de pasajes, el mismo individuo que parecía tan tranquilo, le inquirí cual era el mejor pueblo para mí, pero no contestó mi pedido. Desanimada emprendí mi traslado, subí al coche, expectante y comprendí que debía elegir sola mi rumbo. El vehículo se puso en marcha y me quedé dormida, en ese sopor que te envuelve pero que te permite estar consciente de lo que ocurre. Estaba recorriendo mi historia en pocos segundos, pasaban los paisajes de la niñez, como si estuviese viendo una película, veía a mi abuela con sus ojos tan celestes que tanto amaba, mi perra collie que corría por el césped jugando a las escondidas, mi cara era regordeta y tenía un hoyuelo en la mejilla derecha, que la hacía re simpática. Así fui transitando mi adolescencia, repleta de amigas y de amigos y novios que bailábamos abrazados con la música de los Beatles o Gary Cooper y de Unión Caps, que linda manera de conocernos y empezar a sentir el amor. La que no tenía novio estaba fuera de onda. . Me despertó el guarda en el paraje Mujer. Bajo empujada, apresurada y cuando llego al sitio encontré un montón de maniquíes que no me gustaron. Me fui a quejar a la oficina de turismo y el mismo Sr. (El de la boletería) me indicó con una seña, que me dirigiera a un lugar cerrado. Cuando llego al lugar, me sorprendió la calidad del silencio. Pensaba que habría mucho bullicio, pero me confundí. Abro la puerta de entrada y al pasar encuentro un salón de espejos, intrigada comencé a mirar y lo único que veía era mi cuerpo, reflejado en uno, en dos en diez y en mil retratos. Estaba de frente, de costado, de atrás, alta, gorda, petisa. Que diablos hacía allí? Estaba confundida, perpleja, ¿donde estaban las mujeres? Me habían estafado? Me quedé quieta y lentamente intente mirar las imágenes que amanecían de a mil. Quién era esa que estaba enfrente de mí? Y las otras? Tenían mis colores de ojos, mis cejas unidas, mi pelo lacio y suave como la pluma de un cisne, estaba absorta observando mis diferentes facciones y facetas de mujer. ¿Cómo podía hacer una sola? Miraba por sobre mis hombros y en cada pestañear encontraba una cara nueva, como las facetas de un diamante en bruto. Emocionada miraba mis ojos verdes, que se llovían celestes y grises y veteados de miel. Eran tan bellos, tan intensos resplandecía tanta luz que me hizo sentir el amor. Habrá pasado un minuto, una hora, no interesaba cuanto tiempo, había descubierto en ese espacio la delicia de ser yo. Me convencí pellizcando mi pierna. Me fui, no llevaba nada más que esa sensación de concebirme mía, no quería seguir andando. Me dirigí a la calle y estaba el Sr. de los boletos, era mi analista, que sonrió al verme vestida de mujer.










-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
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Thursday, October 05, 2017

EL DÍA QUE NO ES…



*Foto de Paz Bongiovanni. pazbongio@hotmail.com









*


La fragilidad no es una cueva,
un desborde,
la piedra que sabe hacer sapito en pleno salto.
No comemos
de ella.
No la deseamos.
Probamos su sostén
a la vuelta de la esquina,
mientras improvisamos las formas
de creernos casa.
Los restos de una rama nos marcan
la transición
y el verano
casi siempre llega
el día que no es.



*De Valeria Cervero. valecervero@hotmail.com








EL DÍA QUE NO ES…










DELANTAL*



Recuerdo el delantal de mi abuela Maruca
Azul desteñido, pero azul
con un bolsillo grande a la derecha,
su mano sin anillo allí
de vez en cuando,
en el apuro de las mañanas:
limpiar la habitación
barrer los pisos
hacer mandados.
El delantal iba con ella,
tenía una  pechera que
con dos anchas cintas
le envolvía el cuello.
Reina de la casa, mi abuela
con su delantal
repleto de manchas que persistían
lavado tras lavado.
Sobre el bolsillo del delantal
había  flores bordadas
en celeste y turquesa
que se fueron desvaneciendo
despeluchando
que perdieron la forma
la compostura
sin contemplación
al ir de  un asunto
al otro, la mano de mi abuela
dentro del bolsillo acariciaba
su revés
de flor agonizante
durante los días claros
en aquella casa
donde respirábamos las dos.



*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com



-Irma Verolín nació en Buenos Aires en 1953.  Se formó en la escritura poética  pero comenzó publicando narrativa. A partir del 2013 retomó la poesía y publicó dos libros, el segundo gracias al premio de la fundación Victoria Ocampo.  Novelas: “El puño del tiempo” y “El camino de los viajeros”. Cuentos: “Hay una nena que gira”, “La escalera en el patio gris”, “Una luz que encandila” y “Una foto de Einstein tocando el violín”. Poesía: “De madrugada” y “Los días”. La editorial Palabrava editará su próximo libro de poemas: “Árbol de mis ancestros”. Es autora de algunos libros de literatura infantil publicados en distintas editoriales. Ha recibido numerosos premios: Emecé, Internacional de Novela Mercosur, Internacional de Puerto Rico, Fondo Nacional de las Artes,  Primer Premio Municipal de C. de Buenos Aires “Eduardo Mallea” entre otros.
Algunas de sus novelas fueron finalistas de los premios Clarín,  Planeta, Fortabat y La Nación. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.














Zumbido*



A veces, abro los ojos, me incorporo y camino con lentitud por las estancias. Como si aún estuviese vivo.
A veces, incluso me aventuro a salir al exterior para comprobar que otros seres semejantes a mí se mueven por las calles, se apresuran, chocan entre ellos, se someten a la tiranía de relojes y semáforos, se detienen y se miran unos a otros y en ocasiones conversan.
Sí, a veces también yo finjo estar ahí, entre ellos, provocando sonrisas o muecas de irritación o atascos. Finjo vivir. Pero siempre regreso al lecho en sombras. Me acuesto, cierro los ojos y convoco secuencias que nunca termino de comprender.
Finalmente, me pregunto cuál de estas irrealidades es más ficticia. Cual de estos dos sueños es el que está encerrado dentro del otro. Si tuviese acceso a esa ansiada respuesta, tal vez podría despertar, ser. En uno u otro lado, pero existir.

Lo que más me atormenta es ese molesto zumbido del teléfono que no parece tener lugar y que, sin embargo, nunca acaba de callarse.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com












*



Es necesario que te nombre,
todavía,
para que el mundo gire y que no duela
la furia de la primavera entre las rosas.
Es urgente tu nombre. Es preciso
recuperarte
de las regiones donde el viento calla,
traerte de a pedazos,
de a jirones,
pero traerte al fin hasta los patios
que supieron de vos,
que te sabían hasta el andar cansado con que anclabas
tu presencia en la tarde.
¿Cómo puede llegar el verano sin tus ojos velando las higueras?
Será preciso pronunciar tu nombre,
las sílabas chiquitas de tu nombre,
las poquitas cuatro letras que te daban un lugar en la tierra.
Es urgente que estés.
¿No ves que tengo las manos cansadas de buscarte?



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

















REFUGIO*



Traigo una piedra temblándome en los siglos.
Un talismán. Espacio de los santuarios de todos los azules.
De todos los arroyos. De todos los jirones de mi cuerpo.
Él llegó porque si. Como llega la lluvia.
Nos encontramos en un rincón de la palabra nueva.
Venía de trenes de cemento. De vagones de moho.
Yo, iba buscando de nuevo, las acacias.
Una metamorfosis de Eva y de manzana.
Abrió la puerta. Y en esa puerta, desnuda, lo saludo.
Desnudez más casta que una niña en el páramo.
El llega, ardiendo en lejanías.
Con un vino callado. Tan callado.
Como un toro. Como una plaza. Como un niño dormido.
...Y recordamos juntos...
Antiguas osamentas. Enlutado país, en renuncia de trigo.
Inservibles monedas, de indescifrables signos.
Viejos profanados en delirio de escarcha.
Jóvenes amordazados de purgatorios tristes.
Niños muertos sobre maderas vírgenes.
...Y aquí estamos. Fundando otra vez, refugios.
Un oasis, una pared de pircas. Una barricada.
Con boca amarga, con resaca.
Desmenuzando una tristeza en migas.
Con una cruel costumbre. Una necesidad. Un hambre.
De sur, de norte. De vida.
Sobretodo, de vida.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com












*




Te quedaste quieto
y leíste aquel cuento de James Salter
una y otra vez en la noche
intentando descrifrar
algo sobre tu vida.
Ahí estaba
la voluntad de deshacerlo todo
repetida en días y días
pretendida libertad de espíritu retumbando
en tu inconsciente
¿era verdad?
Y la frase
retumbando en tu mente
pelota de tenis golpeando dulcemente las paredes:
"No sabía que la felicidad
era tener lo mismo
todo el tiempo".


*De  Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com



-Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013) y Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015). En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato Grow a lover.













Serenidades*



El hálito de aire que me besa cada día.

La certeza de los verdes respirables.

El cobijo del hogar.

Lo transitorio, ya asumido como final.

La cáscara de la palabra,

hurgada hasta encontrar su hueso...

Son serenidades cosechadas día a día

después del empeño; del rechazo; del esfuerzo

es decir, del tiempo.

Ni más ni menos que el Maestro.

Yo simplemente deslizo este largo rosario

de sencillos rituales que conforman toda una vida.


Serenidades cosechadas día a día.


*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar











*


"A las víctimas de la espera"


-Dedicatoria de Zama. Novela de Antonio Di Benedetto.
(Mendoza, 2 de noviembre de 1922 - Buenos Aires, 10 de octubre de 1986








Inventren







EL ESPERADOR*



La habitación es pobre, por la ventana entra una luz tamizada por una cortina con agujeros, que producen manchitas irregulares de sol sobre el muro encalado. Una araña de patas largas y cuerpecito minúsculo hace filigrana en el techo. Hay una cama, un escritorio sencillo de madera, una lámpara con el pie curvo, despintada como todo, apagada a pesar de que el sol allá afuera está bien alto pero adentro es penumbra y tristeza.
Revistas viejas apiladas, un ventilador de metal sobre una silla, un ropero al que las puertas no le cierran del todo.
Adivinamos un baño del otro lado de la pared por el goteo lento pero continuo. Suponemos sin verlo que la tapa del botón falta, y para realizar la descarga del inodoro habrá que tirar del fierrito dentro del pozo rectangular abierto como una boca que ni llora ni ríe, abierto el rectángulo como una boca asombrada, suspendida en un grito o quizás inmóvil simplemente, esperando algún tipo de reparación.
Un hombre en camiseta sin mangas está acodado en la mesa de la habitación. No hay relojes allí, sólo las manchitas de luz que imperceptiblemente recorren las paredes y hacen de reloj de sol indicando que el mundo transcurre allá afuera. El sol se mueve, las manchas pasean lerdas por la pieza como constelaciones nocturnas de inmensidad y lejanía, aquí nunca es de día ni de noche, nos decimos, no es un buen lugar para cultivar vida.
Canta un pájaro, algún perro ha ladrado confusamente en algún lugar. Les contestan. Otros pájaros se desgañitan en respuesta, otros perros emiten sus voces destempladas comentando lo que dijo el congénere.
El hombre no se ha movido. Vemos que hay una pavita abollada, un calentador, un mate de madera recubierto en aluminio, una lata de yerba ennegrecida. Otra lata suponemos que contiene galletas, pero no la ha abierto.
El hombre está encorvado, los brazos sobre la mesa y la cabeza con pocos cabellos obstinadamente fijada hacia adelante. Le corre un gota de sudor temblorosa desde la axila. Anacrónicamente, una pantalla de ordenador le ilumina los ojos. Habríamos creído que un lápiz de madera y una hoja rayada serían más convenientes, pero la notebook delante de su rostro está tan deslucida como el resto de las cosas, polvo entre las teclas, la pantalla sucia y en una esquina del aparato una cinta aisladora remendando una quebradura.
Escribe con dedos pálidos "resido en Baudrix", y en el ordenador que desmaterializa el ser y lo transforma en unos cuantos caracteres viajando por el globo, se transforma en una frase maravillosa, él se transforma en un hombre misterioso y fascinante. Baudrix. Una mujer se imagina un caballero hermoso y distinguido en una casa de tejas negras en medio de un jardín con una fuente. Otra mujer se dice "Baudrix" y aparece un muchacho lánguido de nariz recta sentado en el pretil de un puente de piedra sombreado por altos pinos. "Baudrix" se dice otra, y evoca prados verdes y quizás robles, y quizás a lo lejos la aguja del campanario de una capilla medieval.
"Baudrix" ha dicho ella. Y sonríe, y piensa en el hombre en camiseta, en la cama de hierro, en la uña del dedo gordo del pìe derecho que le rompe las zapatillas de lona. Piensa en los cabellos ralos, las mejillas mal afeitadas. Recuerda la mujer la cortina con agujeritos, el comedor con los muebles de la abuela, el patio de baldosas desparejas.
"Escribe él, aquí, en Baudrix", se dice la mujer. "Y está solo, y espera" se dice. Espera aunque en la estación ya no arribarán más trenes. Lanza sus botellas, él, y todavía. Espera. Se dice la mujer.
El timbre no funciona. Unos nudillos golpean la puerta.

El hombre se pone una camisa de mangas cortas sobre la camiseta, se calza las chinelas y gira el picaporte de su puerta.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com










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