Wednesday, August 16, 2017

COMO UN FUEGO DE ARENA…



*Obra de Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010)-.

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam










*


Mirá,
me dijo:
el amor
nos atraviesa
como un fuego de arena.


¿Será
que la ternura
proviene
de los mismos infiernos que la soledad?


Yo supe un día todo sobre la luz.
Guardé
bajo siete llaves la respuesta.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com











COMO UN FUEGO DE ARENA…









*


Algo se ha roto en un origen. Somos fragmentos que ya no pueden constituir ninguna unidad. Seguramente no hay origen, así que no sabemos ni qué se rompió ni cuándo ni por qué. Pero nuestro lenguaje no logra decir lo indecible que sin embargo está, y es más vivo que todas las palabras extranjeras que no nos representan: entonces percibimos la ausencia de algo que no se puede decir. Y que además, está prohibido como si no fuera suficiente no poder decirlo.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com















El duelo*




*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




El paisaje era rojo. El sol de agosto, una moneda caliente en el cielo. El hombre entró a la tienda. Sus pasos eran lentos. Bestia vadeando un pantano, ensoñada, parecía. Cargaba una maleta de cuero. La dejó en el piso. El tiempo le había devorado sus colores, también parte de las asas y las correas. A punto de reventar el hombre. Un vaho caliente lo recibió. El vaho ascendía en el polvo. Y el gesto del hombre, aturdido, reconociendo la sutil humareda, el fuego. Se detuvo, indeciso, a unos pasos del mostrador, parpadeando apenas.
“Tiene los ojos enfermos”, pensó Amescua, al otro lado del mostrador, “tiene los ojos amarillos, como de gato. Parece que peleó con varios coyotes, que rodó por una pendiente rocosa, que atravesó medio mundo con su maleta”. Amescua había estado jugando solitario. Obstinado era los domingos. Muchas horas, los dedos decididos e insomnes en la baraja. Las cartas, entonces, exhalaban tequila, humedad, hastío. No vendía mucho pero el juego le despejaba la mente de nubarrones. La curiosidad en los ojos. Ponía la mirada en todas partes. Alucinada iba a los anaqueles, al vuelo de los insectos, a las indecisas sombras de los paseantes. Y derrotaba al tiempo, Amescua, mientras el verano ardía.
Una bocanada de luz iluminó por completo al hombre. Libre de penumbras, como flotando, pudo ser examinado. Amescua reconoció a López, el hombre que había abandonado el pueblo años atrás. Reconoció el cabello de paja, el gesto rabioso y enfermo. No se había ido, también, el alma humeante, la ira en el cuerpo. “A veces parecía estar en calma”, recordó Amescua mientras López se acercaba al mostrador, “pero alrededor de él, como ahora que inclina el rostro y finge no conocerme, hay zumbidos y sus palabras arden”.
López examinó a Amescua. Le obsequió una débil sonrisa, casi imperceptible, un destello. El gesto le arrugó el mentón. Los ojos, por la sonrisa, más pequeños, más inestables eran. Las densas miradas, silenciosas, se encontraron. Pero en las silenciosas no hubo expresión. Las dos de humo, apenas brillaban en la tienda.
—Unos cigarros —pidió.
—Tengo sólo sin filtro —indicó Amescua
—Está bien.
López buscó el encendedor entre sus ropas. Amescua fue por los cigarros. Mientras dejaba la cajetilla en el mostrador sintió la pesada mirada de López. Como si muchos ojos lo miraran. Entonces, el alma carcomida. El cuerpo era un hueco. Y deslumbraba agosto en los anaqueles, en los frascos de conservas, en la madera del mostrador. La luz, sentía Amescua, los ponía a prueba, los obligaba a recordar más cosas. Pero torpes en la memoria se sintieron. Los dos atados a ese momento. Y en la tienda encallando los sentidos, poco a poco, en el silencio.
López prendió el cigarro. Ablandó su expresión el breve resplandor en su cara. Puso la mano derecha en el mostrador. Las uñas crecidas, despostilladas; de loco, eran. Como si rascara en las noches las paredes. Amescua miró sus manos de muerto. López elevó lenta, como plegaria, una nube.
—Han pasado muchos años—dijo.
—Muchos, es verdad.
—¿Por qué te fuiste?
—El hastío, el recuerdo de una mujer, tal vez.
Amescua apretó los labios. López miró su maleta. Luego alzó la cabeza. El humo en su boca se amontonaba y luego, las nubecitas dispersas, con un soplido, llegaban al otro.
—Los recuerdos son malos, sólo alborotan —dijo Amescua ladeando la cabeza, esquivando un poco la mirada, mordiendo los labios y el humo.
—¿Desde cuándo tienes la tienda?
—Algunos años, desde que te fuiste.
Un niño entró a la tienda. Una mosca en el ámbito. La solitaria hacía círculos sobre una botella de cerveza. Después se posó en un costado de la maleta. El niño miró un instante a López y pidió una veladora. Amescua arrimó una silla y fue a los últimos anaqueles. En las alturas, por la ventana, la línea del horizonte. El infinito agosto. Desde arriba, también, el sombrero maltrecho de López y la sombra uniforme de la maleta. Amescua podía oír, minuciosa, la combustión del cigarro; su crujido. La incandescencia se avivaba, diminuta, bajo la penumbra del sombrero. La mosca había seguido el movimiento de Amescua y ahora, mientras la mano buscaba, se regodeaba en las devastadas maderas del techo.
—¿Cuánto es? —dijo el niño.
—Diez pesos.
La caja registradora rompió el silencio. Las lentas monedas rodaron al fondo. El niño salió de la tienda. López despachó el cigarro, pero los dedos, acostumbrados a su memoria, siguieron rígidos y dispuestos. Después, liberados del impulso, escudriñaron la barba.
—¿Vendes mucho? —le preguntó.
Amescua miró el fondo de la caja registradora. El cajón con los recibos. Unas ligas. López seguía en el mismo lugar, uno mismo con su maleta. Amescua siguió los remanentes de su voz. Sus ojos brillantes como una burla. La mosca ligera descendía, una pluma; y se estrellaba, belicosa, contra una ventana.
—No mucho, a veces los domingos —dijo, al fin, Amescua.
La torpe abandonó su embestida. Luego, intermitente, sobre la camisa de López. Una y otra vez a los hombros, al cuello, a la cabeza.
—Va a estar un buen rato ahí, molestándote —dijo Amescua.
López bajó la vista. Intentó, sin muchas ganas, espantarla. La abundante luz de la calle, en oleadas, en la tienda.
La maleta parecía oscilar. También López. En un sueño, borrosas, las siluetas. Como en agua turbia. Los broches oxidados y las asas.
“¿Por qué se fue del pueblo?”, pensó Amescua, “por qué apenas puedo recordarlo”. Y cuando se hundía la mente en las preguntas, cuando la memoria iba por ellas, un par de moscas entraron. Las recién llegadas, en el ámbito de López, animosas, parecían. Se unieron a la otra. Como vivas hermanas, con júbilo, revolotearon.
—Siguen llegando —dijo López, casi resignado. Y miró sus manos calmas, desvanecidas, pálidas.
—¿Por qué te fuiste? — volvió Amescua.
—Los recuerdos aguijoneaban, ya te dije.
Amescua supo que mentía. Las moscas fueron peregrinas a la maleta. Se pasearon, como alambristas, por las asas. La maleta, su figura parda, el cuero tenso. Y Amescua con ganas de aplastar a las intrusas, de maldecir a López, de incendiar entre risas la tienda.
—¿Qué pasó con los que dejé, dónde están? —dijo el inmóvil.
El brillo en sus ojos decreció. Parpadeó más rápido. Unas arrugas en la cara. Los cabellos que escapaban del sombrero, dispersos en la luz, como el volátil fuego en el verano. Movió la cabeza: un aura de amargura en el perfil, en la mirada.
—No sé, algunos siguen aquí, en el pueblo.
“Decía que iba a huir, que el aire de la región mataba a la gente”, pensó Amescua, “luego la plática con los perros, sentado en las bancas del parque, en la tarde”.
A pesar de la proximidad, por los pensamientos, Amescua dejó de mirar a López. Fantasmas, volutas, figuras de aire: su mente. Cuando volvió a él una decena de moscas se arracimaban en la maleta. Muy juntas zumbaban. Vibrantes. La tienda caldeada, pensó, por el diminuto temblor de sus alas.
—¿Qué tienes en la maleta?
—Recuerdos, muchos.
López hundió la mirada. Las nervaduras de los ojos, el fervor en las manos, el gesto salobre. Su respiración temblaba, perdía ritmo, se desbocaba.
Amescua inclinó el torso. Su sombra, un segundo cuerpo, avanzó en el piso. Las moscas, ante la amenaza, buscaron el costado opuesto de la maleta.
—Estos animalillos —dijo López mientras desenvainaba otro cigarro.
—Tal vez el humo las espante.
—No lo creo.
Las necias, a media furia, persistían. Su leve zumbido casi arrullaba.
“Decía que no entendía a los hombres”, pensó Amescua, “que en sus almas estaba agazapado el odio, la insensatez, la locura”.
El humo pronto en la boca de López, igual que antes, como si no hubiera pasado el tiempo. Instantáneo milagro, la borrasca, se desvanecía.
—Cuando me fui el sol estaba a la misma altura, sobre el horizonte —dijo López mientras señalaba tembloroso las ventanas.
El gesto perduró, inacabado en las manos. Duraba porque levitaba en el calor. Porque en la perseverancia buscaba respuestas. Amescua aprovechó la distracción para dar unos pasos al lado, casi llegó a la esquina del mostrador. López percibió el movimiento y dio un paso atrás. El cigarro medio consumido, entre chispas, en el piso.
—¿A dónde vas? —le dijo.
—¿Qué tienes en la maleta?
—Eres curioso, desde niño.
Una mancha negra en la maleta, por las moscas. Reinas del zumbar seguían en su apretado convite. Amescua, ante la visión, náuseas, olas lentas, una marejada en el cuerpo.
—Tú casi no respondías preguntas…
No pudo seguir hablando por la necesidad de agua, de apagar el hormigueo en la piel. López, frente a él, en la tarde inútil. Su figura nacida cada segundo, entre zumbidos, cada instante.
Una fumada, una nueva nube, una aureola en los labios. El combate seguía en los ojos. La luz en la maleta, para las moscas, un abrevadero.
—¿Recuerdas qué día me fui?
“Sólo recuerdo sus palabras, su figura en la calle, después de la escuela”, pensó Amescua, “pero sus palabras, como ahora, encendidas, locas”.
Un poco de viento entreabrió la puerta. Por el espacio otro enjambre de moscas. Varios pelotones cubrían la maleta.
—Cunden las moscas, resuenan —apuntó López, casi con deleite, recitando un poema.
Amescua abrió la puerta del mostrador. A menos distancia el otro más frágil, blanquecino, parecía. Quizá por eso Amescua avanzó. Las moscas seguían entrando. Al principio vagaban, deslucidas. Las intermitentes. Un montón de frases dispersas. Luego posadas con delicadeza, las patas, engrosando el contingente en la maleta.
—¿Por qué acuden tantas? —dijo Amescua.
—Es beneficiosa tu cercanía, les gusta —respondió López con una sonrisa.
Amescua tenía muchas preguntas. Los dos, a la distancia, a punto de hervir. Una nube diminuta, de repente, en el recorrido del sol. Y las sombras en la tienda se movieron, como pájaros en escape.
—Quita la maleta, para que se vayan —dijo al fin Amescua.
—No puedo.
—Entonces sal.
—Necesito respuestas, por eso las moscas, por eso la maleta. ¿No entiendes?
Amescua sopesó las palabras del alucinado. Buscó verdad en su incoherencia. En el sombrero, en los modos descompuestos, de espantapájaros, pensó. A escasos centímetros todo parecía más claro: el odio, el torvo hedor de las moscas. Una mirada. Las locas ansias recorrían a Amescua. Entonces, ante la complacencia de López, ignorando la repulsión, puso las manos en las asas de la maleta. La fiesta de las moscas mudó al techo, a las ventanas, a todos lados. Oscurecían el ámbito, las breves. La nube de simultáneos cuerpos. Al mismo tiempo, también, los hombres forcejeaban. La maleta pesaba y los brazos y las manos no cedían. El movimiento casi irreal de los combatientes, muy lento: de hombres viejos, de formas que suceden a escondidas, en la noche. La violencia menguó y las moscas, por contraste, se desbordaban. Repletas estaban en el cielo de la tienda.
Los hombres, ignorantes de la celebración, brillaban sudorosos y enfermos. Latían las sienes, los párpados, incluso las pesadas respiraciones. A la distancia, por un resquicio de la puerta, se veía el cuadro vivo de dos hombres, apenas con fuerza, con un asa en la mano, buscando una inútil victoria. El cierre de la maleta comenzó a ceder. Amescua asomó los ojos. También López. En los ojos hubo consternación, pero también incredulidad, asco, desvarío.
Entonces las arremolinadas se unieron en una nube. A punto de llover de tan pesada. Y con un solo impulso, un cuerpo que entra de lleno en otro, invadieron entre alaridos los labios, los brazos, los cabellos, los ojos.





-Del libro de cuentos "La herrumbre y las huellas".


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.














4 *



Perdida en un cuerpo.



Como quien busca restos

sin delatarse.




*De Paula Novoa.
-Poema incluido en Hija de mala madre.

-Paula Novoa nació un 08 de marzo de 1976 en San Antonio de Padua. Es profesora en Lengua, Literatura y Latín (I.S.F.D. N°45, Haedo) y Licenciada en Lengua y Literatura con orientación en análisis del discurso (UNLaM). Escritora de poesía.
Publicó: El año que fui homeless, Cave Librum Editorial (2014) e Hija de mala madre, Cave Librum Editorial (2016).
Actualmente trabaja como profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias del municipio de Moreno.
















OVACIÓN Y VUELTA AL RUEDO*




*Por Eva María Medina. relojesmuertos@gmail.com



En una sala fría, un hombre serio, con bata y guantes blancos, observa a una serpiente con la cabeza machacada. El hombre pone música clásica. Después, coloca al reptil en una posición ventrodorsal y, con un bisturí, hace una incisión desde el cuello a la cloaca. Suda. Suda mucho. Frente, cejas… Con la manga de la bata, se quita el sudor. No dañar ningún órgano, piensa. Con pinzas y tijeras, va separando piel y músculos. Lo hace con mimo, casi con cariño. Cuando ha terminado, lo admira. Luego, limpia la mesa y coloca una lámina de corcho del tamaño del animal. Encima de la lámina sitúa el cadáver. Coge unos alfileres gruesos. Va pinchando la piel, uniéndola al corcho. Despacio, con paciencia; siguiendo el curso de aquel cuerpo alargado. Primero, el lado izquierdo; después, el derecho. Al concluir, hace unas fotografías. Apaga la música y enciende una videocámara. Comienza la grabación. Expone las características del ofidio, añadiendo que ese ejemplar les llegó con la cabeza machacada. «Normalmente mueren de causas naturales.» Va señalando sus órganos. «La tráquea», dice, «está formada por anillos cartilaginosos incompletos, su porción ventral es rígida y el extremo dorsal es de naturaleza membranosa.» Fija la vista en el pulmón derecho y lo señala. «Casi abarca todo el cuerpo.» En él ve secreciones, mucosidad, un color blanquecino demasiado rojo. Mira a la cámara y habla de ello. Problemas respiratorios, piensa. Muestra el izquierdo, más pequeño, diciendo que el funcional es el derecho. No así en el resto de reptiles. Con las pinzas mueve el corazón, mostrando ventrículo y aurículas. «Esta movilidad», indica luego, «facilita el paso de la presa por el esófago». Se imagina cómo el esófago, esa telilla tan fina, se dilata y por él pasan ratones, sapos, pájaros… Una digestión que puede durar días, incluso meses. Muestra el tubo digestivo; de la boca a la cloaca. Explica que el jugo gástrico de las serpientes, al tener un pH muy ácido, le permite digerir los huesos de sus presas. Con las pinzas palpa el estómago, que tiene aire dentro. Se fija en unos puntos blancos, posibles parásitos, y hemorragias. Más golpes, piensa. «No hay cuerpos de grasa. Está muy debajo de su peso. El hígado parece sano.» Sitúa la vesícula biliar junto al páncreas y el bazo. Muestra dos riñones lobulados. Al dar con los ovarios, comenta que es hembra y explica las diferencias. Añade algo sobre los intestinos y se despide.
Apaga la videocámara. Se enjuga el sudor y pone la música. Cierra los ojos. Los arpegios lo envuelven. Se quita los guantes y se acerca al reptil. Palpa los anillos cartilaginosos de la tráquea. Tan flexible, tan elástica. La rodea con los dedos y se ríe, mostrando unos dientes pequeños. Luego, hinca sus uñas y aprieta. De un tirón, la arranca. Se lleva un extremo a la boca y, con los dedos ligeramente arqueados, toca. Allegretto. Tres por cuatro. Laa sol si la sol si laaaaa sool fa sol fa mi reeeee… Cuando se cansa, tira la tráquea al suelo y escruta el cadáver. Coge las pinzas que mueve como si dirigiese una orquesta. Detiene el brazo y, fijándose en la víctima, lo extiende como si blandiera una espada. Clava las pinzas en el hígado. Una y otra vez, hasta despedazarlo. Quedan trozos pegados a sus dedos que se quita con el trapo. Se abate. La melodía le deprime. Hay que seguir, seguir… aniquilando, destruyendo… Ahora agarra… las tijeras y trocea la vena cava. Se excita. Imposible parar. Mete sus dedos en el estómago sintiendo sus paredes musculares. La vesícula biliar, ese saco verde que le repugna, lo aplasta con sus nudillos. Extirpa ovarios, riñones, páncreas y bazo, que desecha tirándolos al suelo. Luego, taconea sobre las masas viscosas con sus zapatos grandes y negros. Oye los aplausos. Escucha los oles, que braman. Se debe a su público. Coge los instrumentos. En la mano izquierda, las tijeras; en la derecha, el bisturí. Acerca las manos y alza los codos. Se sitúa frente al animal. Con los pies juntos inclina el cuerpo hacia un lado, da un salto, y clava tijeras y bisturí en el tubo digestivo. Aplauden, gritan. Saluda a la afición. Luego, sujeta el trapo por la espalda con ambas manos, da medio giro, y lo levanta deslizándolo por el lomo de la serpiente. ¡Ole! El hombre se pone de rodillas con el trapo extendido sobre el suelo. Después, lo alza pasándolo de izquierda a derecha sobre la cabeza del reptil. ¡Ole, ole! Se levanta y saluda. Gritan su nombre, lo quieren. Mientras remata una verónica, sabe que no puede retardarlo más. Coge el bisturí y se concentra. Mira a la serpiente. Le corre un sudor frío. El estoque de muerte. Se lo debe. A su público. Se lo debe. Segundos, apenas unos segundos, y el hombre atraviesa el corazón del animal extrayéndolo del cuerpo. Oye los vítores, las ovaciones. Se pasea por la sala empuñando el bisturí con el corazón ensartado. La multitud agita pañuelos blancos. El presidente otorga la lengua. El hombre abre la boca aporreada de la serpiente, estira la lengua y le da un tijeretazo. Rodea la mesa de zinc alzando la lengua bífida. El público brama. Le tiran claveles, tangas rojos, negros que coge y huele sonriendo mientras piensa en la próxima disección.





-Eva María Medina (Madrid, 1971) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid. Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias, españolas y latinoamericanas, y en diversas antologías. Relojes muertos (Playa de Ákaba, 2015) es su primera novela.















Pájaros y memoria*



Laurie Anderson escribió en su espectáculo “Homeland” una historia con la que comienza el show. En ella los pájaros, que existían antes de que el mundo exista, vuelan sin tener más que aire y ningún lugar donde posarse. El problema surge cuando el padre de una de las aves muere, y no saben qué hacer con el cadáver ya que es una nueva cuestión, algo que los sorprende por ser la primera vez que algo así les ocurre. Finalmente, un pájaro decide sepultarlo en la parte trasera de su propia cabeza, y ello marca el inicio de la memoria.
Magnífica poeta, maravillosa creadora Laurie, que nos muestra los cadáveres de nuestros padres en las nucas abultadas.
Historias, olores, sabores de antes, pasado y putrefacción, dichas que ya fueron y dolores que retornan. Las voces que no murieron, los asombros, las caricias de manos que no conocimos. Todo detrás de la cabeza, todo allí apretadamente emplumado, tibio y gélido, maravilloso y atroz.
El cadáver del padre. El cuerpo muerto de las generaciones. Los días que gastaron otros, los que pasamos sin advertirlos, las tramas sobre lo minucioso cotidiano, los hilos que conectan continentes, las palabras de las que desconocemos el significado y sin embargo siguen allí, en la nuca, peso y alivio.
Tan cerca que lo sentimos detrás de las orejas, tan lejos como esa propia nuestra espalda que no podemos ver. La memoria.
Cuántas veces habrá deseado el pájaro arrancarse el cadáver de su padre. Tantas como las que le llevó comprender que ya no hay retorno cuando el hombre comienza a conocer cuando reconoce.
Y llevamos, es cierto, más cadáveres de los que sabemos detrás de los ojos. Alegrémonos si nos ayudan a mirar.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com












Secreta ofrenda*



Con la prestada luz
de un antiguo recuerdo
que conserva aún
su claridad meridiana,
avivo cierta hoguera
que se niega a morir
de escarchas, acosada.

En secreta ofrenda
se retraen
los bordes punzantes
de la noche, se quitan
se alejan. Ya no hieren.

El ritual comienza si la piel
reclama su sed
si la sangre acelera el pulso
cuando el recuerdo impera
y puedo volver a amar
como la vez primera.

En secreta ofrenda.

.

*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









*


“Se escribe entre las fisuras que van dejando el tiempo y la angustia.”


* De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es









Inventren






Estación Eduardo Casey*



Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.
Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.
Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.
Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.
De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
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Friday, August 11, 2017

ESTA EXISTENCIA A VECES APARECE…



*Dibujo de Erika Kuhn.











Lágrimas de una bruja joven*




No quedaba nada sobre el asfalto cuando entraste
en el recuerdo de cien molinitos de papel girando
con desesperación en la puerta de un quiosco, un invierno.

Colores vertiginosos que confirieron
su índole a ese tránsito
hacia el pasado por el que recorrés ahora
la misma calle, la misma húmeda avenida,
fresca, desnuda, lunar, en que cesó el ruido
y las artes mágicas te permiten flotar
hacia la noche cada vez más fría y ancha,
-una libertad que te deja sin habla-,
como si en el fondo del cuadro hubiera un gran país nevado
y aquel titilar de lámparas que empezaban a encenderse
detrás de las ventanas cuando
volvías, dejando el campo atrás, ensimismada.



*De Jorge Aulicino, inédito












ESTA EXISTENCIA A VECES APARECE…








*



Algún día supe que así como hay perfumes sensuales o alegres, hay perfumes tristes, y que el sufrimiento tiene también un perfume delicado, pacífico, un poco brutal. Pero que yo nunca lo elegiría y siempre sentiría odio por los que crean esos jardines de la desesperanza y los crean tranquilamente, como si nada, o peor, como si fuera necesario.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com














El Colgado*




*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Uno



Primero fue un cuervo, después un aleteo, medio incandescente, medio alborotado por el sol en una rama. Su figura de aire, volátil, no pudo contener el vuelo y desapareció. Un remolino de polvo en el llano. Arrastraba hojas. El niño seguía el vuelo del polvo. Imaginaba voluble el del cuervo. Las plumas negras. Su estela y sus ansias. A lo lejos la carpa del circo. Multicolor, por la perspectiva, flotaba.
—¿Qué haces?
El niño movió la cabeza. Miró al hombre, el deterioro de las botas, los nudillos salientes, el sombrero de palma, sus innumerables agujeros que iluminaban el semblante.
La carpa se inflaba por el viento. A un lado, diminutos, los remolques. El hombre se sentó y sacó un cigarro. Pronto una llama. Y vertical el humo, buscando el cielo. El niño miró su vuelo. Se preguntó, de nuevo, por el remolino del cuervo. El hombre estiró las piernas. Entre las rocas su afilada sombra, de reptil en el desierto, incluso se proyectaba el humo, la punta del cigarro. No había nada que ver además de la carpa, sin embargo el hombre, como coyote, remiraba hambriento el llano. Abría leve la boca, saboreando el aire. Sus ojos eran ambarinos, con rojas nervaduras. El niño se rascó la cabeza.
—Te perdiste...
El niño tampoco respondió. El hombre, pobre de carnes, apenas llenaba las ropas. Como colgajos en los huesos. Esqueleto de pez, cuando giró el cuello, las vértebras. Sobre el sombrero todo el peso del sol, su aura.
—Es fácil perderse por aquí, no hay puntos de referencia —dijo y señaló con un dedo el horizonte. El dedo estuvo unos instantes obcecado, apuntando a la nada.
El niño evitó mirar a la dirección que señalaba. Sus ojos al árbol, a los zapatos, a una brecha.
—A veces pasa gente —dijo, al fin, el niño.
El hombre suspiró.
—Pero la carretera queda lejos de aquí —dijo.
El niño señaló la carpa. Redonda como fruto y, acreditada la forma, más roja, viva como las manzanas.
—¿Desde cuándo están ahí?
—No sé.
—¿Se irán pronto?
El hombre miró el horizonte. Afuera de la carpa, nadie. Sólo el viento, el sol, los ardores. Volvió la vista al niño.
—¿Entonces? —reiteró.
—No sé, van y vienen.
—¿Vas al pueblo? —le preguntó el niño, más abiertos los ojos.





Dos


Después de caminar un rato subieron a un Datsun viejo. El hombre quitó unos periódicos del tablero. Calentó un rato el motor. Una brecha se perdía en el llano. El paisaje, sin ninguna sombra, inmóvil en el fuego de la tarde. El niño se miró en el espejo lateral, las pestañas, los ojos fijos en su imagen.
—Vámonos —dijo el hombre.
Ruidos adentro, un alboroto. Unas tuercas, como sonajas, junto a la palanca de velocidades. Un rato después, sobre camino más plano, el cascabeleo desapareció. Trabajoso el acelerar del auto: el motor forzado, los labios apretados acompañando la marcha. El niño bajó la ventanilla. Una línea infinita de postes, algunos inclinados, señalando los devastados maizales. En resistencia, a lo lejos, las nubes. El aire revolvía los cabellos del niño y, en el ámbito del hombre, el temblor del sombrero, sus nerviosas alas.
El hombre miró de reojo al niño. Trató de recordar su cara. Pero no había referencias, sólo el llano, las palabras que le dirigió, la manera en que miraba los remolques y la carpa.
—En las noches pululan animales venenosos, arañas —dijo el niño.
El hombre no supo qué responder. Se concentró en el camino. No había dormido bien: persistente el insomnio en el verano y con la estación también los sudores, el latido del cuerpo entre las sábanas. Y entonces se levantaba y merodeaba en el cuarto como gato, como loco.
El niño sacó la mano derecha por la ventanilla. Los matorrales veloces desfilaban. El campo todo de amarillo, todo consumido en el paisaje.





Tres


Después de un rato avistaron una tienda. El hombre desaceleró. Las alas del sombrero dejaron de temblar y el niño acomodó el cuerpo en el asiento. Las manos juntas, los dedos entrelazados, como en oración, esperando algo. El hombre estacionó el auto junto a un árbol. Por la inmovilidad más el calor, pesados los brazos, ámbito de brasas en la nariz, en cada respiración. Se bajó del auto y miró la sombra del árbol, el breve frescor proyectado. En la cima el deslumbrado follaje, el esqueleto de las ramas, el magro tronco. Un bostezo en el niño, después la boca entreabierta y el hombre pensó que debía tener sed, después de estar en el llano, como penitente, mirando los remolques.
—Voy por agua —dijo.
El niño apenas volteó, como si la voz del hombre fuera una cosa extraña en el aire, el parloteo del cuervo que había mirado en la rama.
El hombre renqueó a la tienda, el paso entrecortado por una reciente ampolla en el pie derecho. La frontera de la puerta alivió el calor y el hombre merodeó con paciencia entre los anaqueles. El dependiente limpiaba con esmero una antigua caja registradora. El radio murmuraba en el silencio, apenas despabilaba. Después de unos minutos el hombre se acercó con dos botellas de agua.
—¿No vendes cerveza?—preguntó.
—A un lado, en la cantina —respondió el muchacho y las habilidosas manos en la caja registradora, en las teclas, en la tira de papel que se desenrollaba.
El hombre salió de la tienda, miró el auto: el niño estaba bajo la sombra del árbol, pateando unas piedras. El hombre se acercó y le tendió una botella.
—Ahora regreso — le dijo.
—¿A dónde vas?
—A comprar una cerveza.
El niño abrió la botella y la inclinó para un trago largo, tan largo que un poco de agua brotó de los labios. Un manantial entonces y las gotas pronto en caída, humedeciendo la tierra. Una sonrisa.
El hombre, satisfecho, dio media vuelta y entró a la cantina. Un paisaje desolado lo recibió: a media luz el ámbito, los parroquianos jugaban cartas, algunos fumaban con las quijadas inmóviles, imaginando imposibles apuestas. Los ojos en un precipicio por la tentación. Se acercó a la barra. Una vieja echaba lenta el tarot, los ojos sumidos, el gesto embotado, las canas en contraste con la oscuridad del rostro.
—Una cerveza.
La vieja, un instante, extendidas las manos. Las palmas, las uñas amarillas. Los ojos un poco más vivos por la petición aunque eso no repercutía en la entera apariencia, en la sensación de abandono que provocaba.
Pronto la cerveza en la barra. Una servilleta abajo. Vasos empañados en una hilera. El hombre pensó en el niño, en el calor y en su íntima relación con el insomnio. Un poco de espuma en la boca de la botella. El primer trago y sintió frescas burbujas en la garganta. Mientras duraba la sensación miró a la vieja: de fastidio un bostezo por lo largo, por el suspiro que siguió y los dientes amarillos en la pausa de los labios, coloreados con tristeza, con descuido frente a un espejo.
Estaba a punto de otro trago cuando rechinó la puerta de la cantina. La menuda figura del niño entonces. Más pequeña resaltaba, por el lugar, por el techo alto, por la barra. Los parroquianos, en un solo movimiento, lo miraron. El niño tenía los ojos brillantes, el gesto curioso y dispuesto.
Los hombres dejaron de jugar, también inmóviles los tarros y la escasa luz que entraba por la puerta, ahogando los gestos. Entonces resaltó el abandono de las cartas, el dominó en suspenso, los desvalijados cuerpos que esperaban: algunos con auras de humo, otros aturdidos por el alcohol. Y la música persistía y el niño se acercó al hombre. En el lugar sólo las moscas, las respiraciones breves, de cansadas bestias. El niño miró con maravilla las cartas de la vieja, las escenas representadas.
— ¿Es su hijo?
El hombre se la quedó mirando, indeciso. Negó con la cabeza. El sombrero le ocultó el gesto de repulsión por la pregunta, por el niño que se detenía junto a él y alzaba la mirada esperando una reacción, una palabra. Entonces, a su pesar, informó:
—Estaba mirando el llano, los remolques.
El hombre retomó el silencio. Pero sabía que vendrían más preguntas de la vieja y algún parroquiano, aguijoneado por el alcohol, se inmiscuiría en el intercambio.
—Es cierto lo que le digo, el niño estaba en el llano, mirando los remolques.
Los hombres regresaron a su murmullo, quizás decepcionados, dispuestos de nuevo al convite, al demonio del juego.
—Ya nos vamos —dijo dando un trago profundo y por el torrente desaparecieron las burbujas en la garganta. Un par más y acabaría con la botella. Y el niño no dejaba de mirar la barra, la bandeja plateada para las propinas, el rostro encendido de la vieja.
—Espera —dijo ella — ¿no eres hijo de Eudora?
El niño la miró con simpatía y asintió. Entonces la vieja contó de una mujer trapecista, que iba de gira con el circo y que varias veces al año se quedaba en el pueblo.
—Pero este año no llegó.
—Pero están los remolques ahí, en el llano —dijo, vehemente, el hombre.
—No hemos visto remolques, ninguna carpa —dijo alguien desde el fondo.
—La mujer murió el año pasado —completó otro.
El hombre trató de ubicar a los responsables pero sólo encontró rostros aturdidos, la pasividad vacuna en las miradas, miradas de gente que sabe que el mundo arderá en llamas. En el hombre aún retumbaban las voces, el odio destilado por los otros que aún seguía, que ascendía conforme los segundos, como el salitre en el interior de un barco.
La vieja bajó la mirada. Varios títulos en las cartas: El Colgado, El Trono, Los Amantes. El hombre despachó el último trago. Los parroquianos, rabiosos, esperaban. Volvieron a sus asuntos cuando el hombre puso dos monedas, dejó la botella e hizo inminente su despedida.
—No les gusta el niño —dijo la vieja.
—¿Por qué?
—No sé, están locos.
El hombre miró por última vez las cartas, le llamó la atención El Colgado, con las piernas en cruz, entre dos árboles, de cabeza en el suplicio, esperando.
—Voy a llevarlo con su madre.





Cuatro



Salieron de la cantina. El horizonte: una orilla del mundo, por el escaso sol, en viva sangre. Apenas una colina y sólo despojos de matorrales. Un mar evaporado enfrente y en su lecho huellas, quizás salobres esqueletos. El niño atrás del hombre, los dedos de nuevo juntos, entrelazados. El Datsun, medio encallado por las tolvaneras, con los vidrios impregnados, cundidos de fino polvo. El fuego amainaba pero no el calor que aún exhalaban las piedras. El hombre se enjugó el sudor de la frente. Subieron al auto.
—¿Por qué no me dijiste que vivías en los remolques?
—Quería ir al pueblo.
El hombre calentó el motor. Tembló el tablero y la guantera. Las alas del sombrero ya no formaban penumbra pero aun así velaban los ojos. Pensó en el pueblo, en los remolques, en lo que diría cuando entregara al niño.
—Te escapaste —afirmó.
Un poco de odio en el niño, algo duro en el gesto, en la mirada. Ahora enemigo, el copiloto, en silencio no por vocación sino por no encontrar palabras para rebatir, para abogar por su causa. Al fin dijo, mirándolo por primera vez en el trayecto:
—No estoy huyendo.
—Vamos de regreso, a donde te encontré — completó el hombre.





Cinco


Las líneas de la carretera, una a una desfilaban, como lerdas ovejas, ovejas lanudas en el intento de sueño. Pero el hombre no estaba adormecido, los sentidos a la expectativa, buscando el paraje donde dejó el auto, donde miró por primera vez al niño. Pocas vueltas en el camino, algún atisbo de luz, ningún auto. Acostumbrado al mutismo del niño, metido en sus pensamientos, recordó las cartas de la vieja, los hirvientes bebedores. Los movimientos de todos, apretados como cardumen, al unísono boqueando. Las miradas de odio. Y la vieja lenta, toda de herrumbre, abandonada en la barra. En la tarde crecían dispersas luces, chispas de una fogata, insuficientes para orientarse. En poco tiempo llegaría la noche y el equívoco sería la norma y habría que estar atento a los pasos, a buscar referencias en todas partes, hasta en las respiraciones.





Seis



Después de unos minutos, con una uña de sol en el horizonte, creyó llegar al paraje. Disminuyó la velocidad, vadeó matorrales y piedras; algunas zanjas.
—Debe ser por aquí.
Bajó del auto. La bocanada de los faros, alboroto de insectos por el resplandor y las botas en el piso, volátil huella, levantaban polvo. El cuerpo orientado al llano en penumbras, la mirada en una breve colina, un relieve al oeste. El niño, cautivo en el auto, delineaba con el dedo en el vidrio. El hombre se acercó y abrió la puerta.
—¿No quieres bajar?
El niño estaba empecinado en su labor. Apenas parpadeaba. El dedo en movimiento, en figuras imaginarias, iba y venía en la película de polvo. El hombre lo sujetó y casi lo levantó en brazos.
—Vamos.
El niño opuso resistencia pero pronto cedió a la fuerza del otro. Resignado comenzó a caminar. El hombre cerró el auto y dejó encendidos los faros. Pero la luz penetraba poco y apenas descubría el sendero. En una corta distancia, pensó, los remolques y la carpa. Incluso, tal vez, una fogata, el bullicio de los cirqueros.
Caminaron en silencio unos metros. El hombre buscaba terreno plano por la punzada en el pie derecho. Pero el terreno descendía y la luz del auto, a la distancia, intermitente por los que convocaba, por sus aleteos. Seguían en la penumbra cuando el hombre tropezó con el cráneo de una res. Las oquedades de los ojos, oscuras, en el día convite de insectos. La quijada un bosquejo; la dentadura devastada, como el costillar cuya estructura había cedido al primer embate de los carroñeros. El olor descompuesto se metía en las ropas, escocía la garganta. Apuraron el paso pero no había señales del campamento. Un poco desesperado, bufando, se detuvo. El niño avanzó unos pasos más. Las luces del auto apenas se distinguían. Entonces el cielo tornó rojo y la última penumbra en los rostros, poco a poco, como el agua que corre entre los dedos.
El hombre quedó ciego un instante, caliente la sangre por el temor a perderse. Tocó la cabeza del niño, los brazos, pero sólo un instante lo tuvo, como pez retenido entre las manos, de nuevo al agua por el impulso. No había luna en el cielo, sólo leve escarcha en las nubes que apenas impregnaba las rocas. Entonces intentó recuperar al niño pero no hubo cuerpo, sólo una risa que se apagó lentamente hasta quedar en silencio. El hombre quiso emprender el regreso pero no encontró las luces del auto. Desconcertado, miró el camino de vuelta, luego alrededor. Y esperó.





-Del libro de cuentos "La herrumbre y las huellas".


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.











*



Escribiste la banalidad de lo bueno:
manchas del sol en la terraza
y atardeceres lánguidos, aptos
para la cerveza amarga. Ensoñaciones
en las que tu cuerpo viajaba,
inmóvil, como un alma loca
hasta el despertar que te devolvía
a tu inútil condición de escriba. Escribiste
al cielo y a la ausencia
(a la ausencia del cielo)
y escribiste el aura de lo imposible.
Ahora estás leyendo esas letras muertas
como un forense que revisa un cadáver
y anota las razones del deceso.
¿Qué fue del canto y la devoción por el instante
y la memoria atada al clamor de los idos para siempre?
¿Qué fue de las promesas y de los harapos del hambriento
y de los gritos por un horizonte redentor,
por banderas encendidas?
¿Qué del poema que nos salvaría de la barbarie
y sus monstruos y desiertos?



*De José Di Marco.












Un concierto*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Cuando el atardecer se vaya aproximando lentamente como una mancha que saliera de ese maizal alto que se aproxima a la casa.
Cuando las sombras se vayan arracimando, quitando la luz hueca del día, y la negrura de la noche solo trague esa multitud incontable de pequeñísimas luciérnagas rápidas, arbitrarias, eléctricas, ciegas de un lado hacia otro. Locas. Como si hurtaran sombras, como si quisieran ganar un terreno que no les pertenece, que a puro empeño andan luminosamente extáticas.
Cuando la noche se aposenta señorona sobre esa pequeña chacra que rodean maizales y sostienen el grito angustioso de los terneros llamando a las madres, ese hombre solitario recién saldrá de las sombras con ese inmenso farol que estuvo encendiendo -tratando de encender  y colgará de un gancho de alambre atado a un gajo de un paraíso añoso y lleno de cicatrices y de cortezas inmemoriales. Esas cortezas que recorren los insectos y las hormigas que aún no pudieron con él.
Ese hombre solitario que ingresa por esa puerta que lo devora entero, saldrá con una silla que depositará cuidadosamente en el patio de tierra apisonada y bien barrida. Volverá a entrar por esa puerta honda de la casa aún en sombras y que habrá de permanecer un tiempo largo así.
Desde el fondo de las habitaciones saldrá con una guitarra en la mano derecha, se acomodará tranquilo en ese ritual que lleva muchos años. Se habrá de sentar acompañado de su parsimonia añosa, templará como al descuido esas cuerdas buscando un tono. Habrá de interrumpir aún y mirará ese campo que se come el haz luminoso del farol, pondrá el oído presto hacia el campo que en ese momento quiere transmitirle algo, no lo sabemos, porque es verdad que en esa hora prima de la llanura el campo es todo oídos, el hombre no puede ser menos, no se quiere perder el ruido del mar que dejó en su niñez en aquella Europa milenaria que a veces extraña más y a veces mucho menos, porque el hombre con sus años, tan solos, que ya han hecho una llaga sobre su corazón casi más tosca que las que la escarcha produjo en sus manos que manejaron por cincuenta años las alas de la mancera. Más de una vez creyó que iría a volar detrás de ese revolotear de las gaviotas blancas que se disputaban los gusanos, las isocas y tanto manjar cuando la reja clavándose en la tierra la diera vuelta y una lengua muy negra se mezclara con esa zona de amarillento pasto donde tuvo el valor de clavar ese acero condenado a desflorar.
Después de un rato de aprontes, por fin emprenderá el sendero de la música que no será esta noche el filón nostálgico y doloroso de sus canciones antiguas sino unas milongas criollas que le ha hecho conocer el vecino, un puestero también muy mayor como él, un auténtico entrerriano de Montiel, solitario como él, pero la soledad suya no es por soltería como el hombre que deja acariciando las cuerdas de una guitarra, sino una viudez lejana, y si no fuera por este gringo, mal lo pasaría con sus hijos desflecados al viento.
Cuando el criollo monte ese moro manso ya se pondrá en camino desde su rancho a la casa de ladrillos que lo espera con esa gran luz aplanándose sobre el patio de tierra, para provocar un concierto que solo escucharán los sapos, las ranas y esos terneros guachos que gimen lastimeramente buscando a su madre.















11 *




De soslayo

de susurros

de a escondidas.

Esta existencia

a veces

aparece.



*De Paula Novoa.
-Poema incluido en Hija de mala madre.



-Paula Novoa nació un 08 de marzo de 1976 en San Antonio de Padua. Es profesora en Lengua, Literatura y Latín (I.S.F.D. N°45, Haedo) y Licenciada en Lengua y Literatura con orientación en análisis del discurso (UNLaM). Escritora de poesía.
Publicó: El año que fui homeless, Cave Librum Editorial (2014) e Hija de mala madre, Cave Librum Editorial (2016).
Actualmente trabaja como profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias del municipio de Moreno.












*



Me pareció haber atravesado un puente. Como los de Madison.

De qué
de qué
se vestirán los puentes con la entrada
de la noche en sus metálicos huesos.

¿Por qué estelares fríos
serán invadidos?

Allí ,en esos pasajes
dónde el amor jamás
podrá perpetuarse .

¿Qué dirá el árbol solitario
frente a intemperie por el vuelo
intempestivo de toda ala?

¿Qué no podrá la fuerza del agua
llevarse
hasta la próxima mañana ?

Cuánto las vigas de los puentes
deberán pesar
para no caer por el llanto ahogado.

A veces es insostenible
la liviandad de los cuerpos .
.

Insoportable será el peso
de seres que se miran
indefensos entre pausas de silencio.

Cuánto
las vigas de los puentes
deberán pesar
para sostener
la indefensión
del amor.


Qué aromas
y qué silencios
qué rumores de palabras
el paso del agua
llevarse no podrá
cada mañana.



*De Adriana Saliche. adrianasaliche@hotmail.com
Chivilcoy.







*



Ella estaba acostada, oyó el ruido de la puerta al cerrarse, sintió las manos que la recorrían. Freud dijo que uno no es responsable de sus sueños y recordando eso fue más allá de lo que nunca hubiera imaginado. En la cama encontró una nota al despertarse: "Sueña usted que es una maravilla, señorita, que sus sueños no queden solo para su psicoanalista".


*De Cristina Villanueva libera@arnet.com.ar









Inventren







Manos*



Se miró una vez más las manos. Lo hacía constantemente en los últimos días. Desde lo del tren, las sentía como algo ajeno, algo que en realidad no formaba parte de él pero que estaba ahí, como una especie de entidad parasitaria, un virus que amenazase con propagarse de forma fulminante al resto de su cuerpo, pero que, en cualquier caso, no podía ser exterminado ni aislado. Sólo quedaba entonces una especie de resignada desconfianza y ese gesto ya casi mecánico de contemplar con insistencia sus propias manos como si en realidad fuesen las de un desconocido, y hubiese que estar atento para saber qué hacía con ellas.
No puede negarse que, después de lo ocurrido, las manos habían vuelto a comportarse normalmente, sin apartarse un ápice de su rol establecido. Igual que antes de ese frío día del carbón y los muchachos corriendo, sus manos tocaban, aplaudían, acariciaban, sujetaban, escribían cartas y palmeaban espaldas como siempre habían hecho.
Pero ese día, cuando sus ojos vieron venir a los chicos corriendo (eran rostros de frío, eran cuerpos de hambre, eran manos heridas de miseria, eran piernas enfermas de injusticia, eran ojos de muertos que caminaban, de muertos que corrían en busca de una pequeña brizna de esperanza, encerrada esta vez en ese negro carbón que viajaba silencioso por las vías) las manos obedecieron órdenes que su cerebro no había pronunciado. Con implacable lentitud montaron el arma, apuntaron, hicieron fuego. Cuando el chico cayó al suelo, no hubo remordimiento. No podía haberlo. Él no había hecho nada. Fueron las malditas manos, como gobernadas por alguien que de repente hubiera asumido el control, quienes hicieron todo eso de forma tan eficiente como rutinaria. Por eso ahora se mira tenazmente las manos, como tratando de descubrir algo que sabe imposible. Por eso casi no duerme, temiendo que alguna de estas noches las manos vuelvan a actuar por su cuenta, temiendo que esas manos de otro se deslicen furtivamente por su pecho y sigan subiendo, con infinito sigilo sigan subiendo hasta cerrarse blandamente en torno a su cuello, privándole poco a poco del aire y haciendo que el sueño se transforme en otra cosa aún más nebulosa, quizá un territorio de trenes y muchachos famélicos con ojos de hambre antiguo buscando un poco de carbón para calentarse en ese otro lado del que no se regresa.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com






-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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