Sunday, July 30, 2017

ESA LUZ QUE SÓLO PUEDE MIRARSE ENCEGUECIDO...


*Obra de Melisa Mauriño.










*


Me gusta

pensarlo así:

el amor es

esa luz

que sólo puede mirarse enceguecido.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com









ESA LUZ QUE SÓLO PUEDE MIRARSE ENCEGUECIDO…









*


que debería encender la luz.
Pero ayer
vi a un hombre
llorando por amor,
todo su corazón abierto
como una flor
para una mujer.

que es tarde y aún
no he abierto las ventanas.
Pero la luz
sobre las cosas las descubre.
Aquí una mesa,
aquí un sillón,
aquí el meticuloso desorden en el cuarto.

que debería levantarme,
iniciar la rutina con un gesto
parecido a la magia,
pero ahora
sólo quiero
soñar con el amor,
despierta
y con los ojos bien cerrados.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













Los visitantes*




*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Los dos hombres frente al cristal miran los relámpagos en la tarde. Afuera, en el llano, erguido ante la desgracia, un árbol. Inmóvil viajero, su figura, en la planicie. Araña el cielo confuso, con sus ramas; el mundo.
—¿Cuánto falta?
—Unos minutos, no tarda en llegar.
Como caballería la primera lluvia contra la ventana. Las plantas del jardín reciben, también, las gotas. Un mosquito carga contra las paredes de un vaso. En la habitación un intenso aroma a manzanas podridas. Como humo se desparrama entre los hombres, los despabila. Una araña de desenreda y cuelga, como frágil trapecista, del mosquitero.
Habían estado en el pueblo, los hombres, en la mañana. Caminaron por calles empedradas. Pasaron resoplando por el parque. Como caballos viejos, su paso igual, su mismo trote. Por eso ahora sus sentidos, además de la ventana, acrecentados; pulsan como instrumentos, los adoloridos cuerpos.
—Mucha violencia, la del cielo —dice uno
—¿Y ella?—responde el otro.
—No tarda.
—¿Qué decimos?
—No sé… nada.
Después de la palabra, sonríe: trabajo suyo responder, todas las tardes, las inquietudes del otro. Ahora no.
En la ventana los rayos como raíces, como alocados demonios. Los hombres sienten la furia en el cuerpo, el caos, pero no les dan cauce, los someten. En el pueblo se sentaron en una banca. Como reflejos estuvieron un rato, repitiendo los gestos, el bostezo del otro. Se rascaron, iguales, las barbas. Miraron desfilar a las mujeres. Las desearon, las imaginaron desbordados ríos, maduros frutos. Ahora están tranquilos. El árbol en el llano, por el viento, se desmadeja. Los hombres siguen, al unísono, el movimiento. El bamboleo. Y el blanco de sus ojos estalla en la penumbra. Entre otras luces. Los hombres extienden las manos sobre las piernas. Las palmas abiertas, como implorando. Y el color del tabaco seco en las manos, en los mansos dedos.
Una mujer entra a la habitación. Su rostro moreno, a media oscuridad, gravita. El balanceo de su cuerpo, como el del agua. El de los barcos.
—Mirando la lluvia —les dice.
—También los relámpagos —refiere uno.
—Acércate —le dice el otro.
La mujer se aproxima. A pesar de la lluvia en el cuarto aún perdura el calor. Y cuando está más cerca, a la altura de las canas, siente una lenta fiebre que la rodea, como los coyotes que asedian la cabaña en las noches.
Inclina la cabeza para escuchar.
—En la noche insectos se meten entre las sábanas, nos pican — le dice.
La mujer levanta la cabeza. Ignora la queja. El hombre la sigue mirando. El otro también. Con esperanza en los ojos, los dos. Ella da unos pasos al frente. Pone una mano en los cristales. Serena interroga, en la transparencia, a la adolorida tarde. La araña, que rondaba en las cercanías, asciende hasta el techo, silenciosa espía. Su ascenso es triunfal, como el rey que acude a la corona.
Ríen los hombres. Las risas perduran como el olor de las dulces, densas manzanas. Y se extienden las locas, las largas carcajadas. La mujer se vuelve y los contempla. Sentados, muy juntos. De repente serios. Uno complemento de otro. Pero independientes en su soledad, en su desgracia.




***


En el pueblo, después de la banca, de las afrutadas mujeres, siguieron deambulando. Miraron balcones. Patearon piedras. Y pensaron que llovía, que iba a llover, que algún día llovería. Pero el polvo en el pueblo. Amarillo, como todo. Los perros, los asnos, las paredes. En una calle lateral espiaron largo rato, tras los cristales, como testarudos cuervos, la fraterna vida de una taberna. Algunos ebrios los saludaron. Pero los hombres siguieron su camino. Miraron el cielo. Los ojos, en su vuelo, formaban nubes.




***


Ahora, al otro lado de los cristales, el cielo no está limpio, como antes, en el pueblo. Desbordado ahora. Rebosante. Con violentas luces.
—Cambia el clima. Es voluble —apunta uno.
—Como los hombres.
—¿Nosotros?
—Quizás.
—El árbol sigue ahí, mira…
A un tiempo, enderezan el cuerpo. Los ojos se agrandan. Llenos de fervor en el solitario. La mujer recoge unos platos de la mesa. Las migajas. Después abre un armario y acomoda ropa. Los hombres, ensimismados en el paisaje, apenas parpadean. La lluvia cae fina. Casi imperceptible. Y más olor en ella. Olorosa toda. El árbol, tras los cristales, rompe el horizonte.




***



Después de mucho pensar entraron a una tienda. Por el movimiento de la puerta, un golpe de viento, unas campanillas sonaron. Frente a ellos un amplio mostrador. Atrás apilados botes de leche, veladoras, la sonrisa de un buda. Una intensa luz por la ventana, caía toda en el mostrador, se desparramaba. La incandescencia, sentían, los inundaba. Entrecerraron un instante los ojos. Luego, más abiertos, los llevaron a las botellas, a las cajas, a los repletos estantes. Escucharon pasos, una voz.
—¿Qué buscan? —dijo el comerciante.
—Queremos aspirinas —dijo uno
—En las noches nos duele mucho la cabeza —dijo el otro, adelantándose.
—No podemos seguir así —completó el primero.
Los dos ansiosos de la reacción del comerciante. Como chiquillos esperando validar una mentira, hacerla razonable.
El comerciante dejó las manos sobre el mostrador. Luego, las desguanzadas, las de uñas largas, fueron a la barriga. La nariz se ensanchó. Aspiró el tufo caliente de la tarde. Los hombres se percataron del diminuto movimiento. Y repulsión, sintieron, hacia todo: a la tienda, a las monedas, a las nerviosas y verdes moscas.
—Aquí no tengo aspirinas—les dijo con una oscura sonrisa. La oscurecida moría pero la cara, imberbe, conservaba intacto el gesto. Como burla, pensaron los hombres, la cara del comerciante. Sin embargo aguardaron muy quietos, casi encogidos en sus gabanes.

El comerciante se abanicó el rostro. Los miró con detenimiento. Tres botellas vacías, verdosas, coronaban el declive de la luz. Y la luz como sumergida en el lugar, en el silencio.
—Vamos a mi casa, está a la vuelta, ahí les puedo vender una caja —les dijo.




***


Ya no llueve. El árbol está quieto. Vertical aún rompe el horizonte. Aún apunta a la espuma de la tarde. Alrededor ávidos pájaros. La mujer entra al cuarto. Lleva en una bandeja dos tazas. Humo brota, denso, en ellas. Olor a café entonces, en el largo vestido, en los cabellos, en los vivos senos.
—¿Cómo se han sentido? —les dice.
—¿Desde cuándo? —pregunta uno
—Desde que llegaron.
Los hombres, indecisos, permanecen en silencio. Después toman, al unísono, las tazas. Los ojos se asoman al líquido. Las manos abarcan, amorosas, la porcelana. El escalofrío. La mujer los mira. Crece el silencio, sale de ellos, los rodea. Ya ni los sorbos. De pronto los imagina demasiado débiles, sin peso, sin memoria. Meras siluetas. Como moldeados por la ambarina tarde, de cera. Comienza a hacer frío. El invierno.




***

Los hombres caminaron detrás del comerciante. Muy pegados a él, no perdían el paso. Sus sombras, único rastro, única huella en las paredes.
—No los había visto en el pueblo —les dijo el comerciante
—Somos de aquí, pero no salimos mucho —contestó apresurado uno.
—El calor, algunos meses, es terrible –dijo el otro.
El comerciante alentó sus pasos. En su mente quedó lo dicho por el hombre. La entonada voz. Lo miró de reojo buscando la esencia de la frase. Y con la frase la última palabra, su peso, lo que en labios del hombre convocaba.
—Ya llegamos —dijo.
Abrió la puerta. La casa, húmedo barco, caluroso. Los ojos de los hombres fueron a un reloj de pared, al martirio de un santo. La luz descubrió un sillón de terciopelo. Devastado, nubecitas de polvo sobre él. Las deshilachadas costuras dolorosas heridas parecían. Los hombres fruncieron la nariz. Intercambiaron miradas.



***


Inmóvil, la fronda del árbol, tras los cristales. A la distancia sumergida en las nubes. Los hombres miran el llano. Ya no hay incendio en las tazas. Apenas restos de café. La mujer mira las tazas un momento. Luego la charola. Los hombres juntan las manos.
—Falta poco para la noche —dice uno.
—Unos minutos, parece —responde el otro.
La mujer se lleva las tazas. Sale del cuarto. Afuera el mundo. Las gotas aún en los cristales. La luz en el horizonte, vacía, vaciándose.
—¿Ya no vuelve? —pregunta uno
—En unos minutos regresa —dice el otro sin quitar la mirada de las gotas. Algo encuentra en las temblorosas. Extiende la mano, pero la deja inmóvil, tanteando el aire, sin llegar a los cristales.




***


—Esperen aquí. Voy a buscar las aspirinas— dijo el comerciante
Los hombres se sentaron a un tiempo. Tocaron el terciopelo del sillón, con detenimiento, como si acariciaran la piel de un gato. Se movieron para comprobar sus rechinidos. La luz de la ventana, cruda, tras ellos, consumía sus espaldas. El comerciante subió las escaleras. La madera de los escalones, como la del sillón, rechinaba. Toda la casa, en realidad, lo hacía. Los hombres seguían atentos el recorrido; los morosos pasos arriba. Una puerta se abrió. Un cajón. Pájaros en la calle; siempre los perros. Los hombres se levantaron del sillón. El comerciante bajó las escaleras. Una vez más, por el peso, el rechinido. Y silbaba una canción. Llenaba con el silbido el silencio. Abajo, el desamparo de la sala, la estancia vacía.
—¿Dónde están? —alcanzó a decir.
El cuerpo, pronto, en el suelo. El golpe, su sonido, aún en el ámbito. Los hombres a un lado de él. Uno de ellos con un tubo en la mano. Repitió el ataque. Como pez sacado del agua, con estertores, el comerciante. El aire más denso. El calor. Y la luz, su marfil, en todo. Como la muerte. El comerciante pronto dejó de moverse. Y la viva sangre en las baldosas no se dispersaba. Junta, como vino oscuro, recién derramado.
Los hombres se sentaron en el comedor. Miraron curiosos al caído. Un animalillo era, con el cuerpo descompuesto, cazado a mansalva. Los rojos cabellos anegados. La mano aún sostenía, tiesa, las aspirinas. En la vitrina, única habitante, una botella de mezcal. Entre reflejos estaba. Uno de los hombres fue por ella. El otro, el del tubo, se secó el sudor de la cara. Miró aturdido al comerciante. Después se agachó, dejó el arma en el piso y tomó las aspirinas de la mano.
Como actores en escena, con movimientos calculados, se acomodaron de nuevo en las sillas. El mezcal, transparente, a la mitad de la mesa, refulgía. Le dedicaron intensas miradas.
—¿Tú primero?
—Mejor tú.
—Dame la caja.
Sacó una aspirina. La colocó sobre la yema del índice y la puso en la lengua. Luego alargó la mano al mezcal y le dio un trago. Enrojecido el rostro. Con infinitos ardores. Tosió un poco.
El mezcal, en la botella, de nuevo en reposo.
—Tu turno —dijo alargando la caja.
El otro sonrió. Sacó una pastilla. En vez de fugaz y rojo, su trago fue más lento, dolorido.
Estuvieron un rato en silencio. Detenidos en el tiempo. Concentrados en la estancia, remiraban las cosas: Después del inventario se levantaron de las sillas. En sus caras la expresión solemne, como la del muerto en el piso. Caminaron alrededor del cuerpo. Con las manos en los bolsillos. Encorvados. Una vuelta más.
—Es hora de regresar —dijo, al fin, uno.




***


La mujer llena de nuevo, con sus pasos, la habitación. Se mueve, lenta en la penumbra. Guarda su distancia. Pero su oleaje, cerca de los hombres, los toca. Los cristales apenas reflejan sus ojos: la roja tinta de los labios se desvanece. Mira el árbol. Más inclinado, en el crepúsculo, después de la emboscada. Las vencidas ramas. Como si de ellas colgaran imaginarios frutos. Nada más allá. Ni ladridos, ni luces. Sólo la luna cayendo, poco a poco turbia, encendiendo el horizonte.
—Ya es tarde —murmura, tras ellos.
Los hombres vuelven la cabeza al mismo tiempo. Miran a la mujer de espaldas, el cuerpo medio hundido el armario. Las pálidas manos, al principio muertas, ahora vivas, indagando en los cajones.
—¿Qué buscas? —le dice uno.
—Un encendedor y una vela.
—¿Se acabó la luz?
—Desde que ustedes llegaron –dice la mujer.
Descubierta por el resplandor, coloreada la cara por el fuego, la mujer sostiene una vela. Los hombres, maravillados, también descubiertos. El azul de la llama, irregular, entre las manos de la mujer, como brotando. Un poco de humo en los cabellos, mientras lleva la vela al candelero. La mujer prende, poco a poco, las demás. Después, sonríe. Las paredes amarillas. El techo, un cielo diminuto, las estrellas.
—Al menos, para estos días —suspira, después de la tarea — ¿qué opinan?
Los hombres, embebidos con su fragmento de cielo, con las intermitentes sombras, murmuran:
—Estamos mejor así, alumbrados.
—Mientras pasa la noche.
—¿Pero el desamparo? —alcanza a decir uno.
La mujer mira la calma de los lagos, de los cuervos, en sus ojos.
—No existe — dice.
Después se acerca y les besa las mejillas.
—Para ustedes no.
Los hombres elevan la mirada a sus cabellos. En ellos, lúcidos, se encuentran. La miran cuando da vuelta. Cuando la sombra del vestido, fugaz, dejada por su vuelo. La mujer se dirige al armario. Hunde de nuevo el cuerpo. La espalda se inclina. En balance el torso. Los hombres, atentos, tranquilos como gatos. El temor de insectos, quizás, en el olvido. Entrecierran los ojos. Se levantan de las sillas. Más vivos sus reflejos, por las velas, en los cristales. Las gotas.



***


Salieron del pueblo. Enfilaron por un sendero empinado. La incertidumbre del cielo; sus primeras gotas. Iban los dos, encogidos en sus gabanes, doloridos. Se tocaron las cabezas. Pronto, a la distancia, un árbol. A unos metros, una cabaña. Apresuraron el paso. En las ventanas, pequeña como juguete, la mujer. Por la luz, muy blanca. Tocaron la puerta. Pidieron aspirinas y dos vasos con agua. Afuera, las nubes, violento rebaño. La silueta del árbol, agitada a lo lejos, parecía la de una bestia nerviosa, a punto de entrar en la noche.





-Del libro de cuentos "La herrumbre y las huellas".


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.















El viaje y el espejo*



Vienen pasos de luz, marcan un nuevo día.
Me digo: será hoy, hoy me decido.
Se inicia la danza de rumores y a su orden...
se alzan manos, cuerpos, lazos,
de rutina. Como sutil veneno, el vértigo
desenrosca instintos hasta ser fijación
de horas obsesivas. Me nace el grito.
Lo arrojo invertido, hacia adentro.
Partida, descentrada, me desprendo
del avance inexorable de mi tiempo
rechazo el escándalo de ritmos prefijados,
destruyo relojes de mecanismos perfectos
en un mundo ajeno al pulso de mi pulso.
(Desde un punto Omega
crearé bandadas que me presten
su aire y su donaire
para saber los cielos)
Crecen los pasos de luz.
Me fijan horarios y emociones,
salen a buscarme y no hallan
sino el grito metido en el silencio
exterior de mi cuerpo.
Parto hoy
Lleno una maleta de recuerdos,
me visto de aromas olvidados,
enfundo muebles y prejuicios…
Antes de echar llave me acuerdo del espejo,
nigromante sin piedad, me da la imagen real:
marca un rostro surcado de ansiedades
y en un juego de luz y sombras, en la frente
una cruz de ceniza me coloca. Es el signo
que deshace el viaje…
Al volverme, ingreso
bajo el mando de la luz,
al vértigo.



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
-De RAÍZ AL AIRE -1981-















HABITO*


26.

Quiéreme en el vacío.
No tengas prisa.
No tengas cuerpo.
No tengas miedo.
Cuenta los momentos
qué decir.
Doblegar el acento
en mi carne trémula.


27.

Mis labios
puntos en el vértice del placer,
condena entre la caricia
y el roce a milímetro de tus palabras.


29.

Colgar notas
con el corrector de grafismos
en la solapa.
Perdiste el tren y yo el lamento.
La sinrazón de procrear descuidos
en el resorte de las manos.
Dímelo. Me comí el sol.


31.

Pelea
el cuerpo por los destellos que figuran en los sueños.
Bisturíes soportando la luna menguante.
En los tercios del bocado llamado
“labios”



*De Isabel Rezmo. isabelrezmo@gmail.com



-Isabel  Rezmo, (Úbeda, 1975) Poeta, formadora, maestra,  gestora cultural y prologuista. Miembro de varias asociaciones de escritores. Directora adjunta de la revista cultural PROVERSO. Dirige y presenta el programa de radio "Poesía y Más" en Onda Úbeda; y colabora en la emisora universitaria en Jaén UNIRADIO en el programa "Desde Jayjan" del poeta Manolo Ochando. Realiza talleres de iniciación a la poesía en Ed. Primaria y Secundaria; y colabora en varias revistas digitales nacionales e internacionales. Coordinadora de los Encuentros Internacionales de Poesía que se celebran en Úbeda  en el mes de  junio.











*



El animal se ahogaba bajo el chorro de agua, tiré la cadena y salió fuego, se incendiaron los pelos de todos los que miraban y salté al vacío.
Hubiese sido un aullido.


*De Ines Legarreta. ineslegarreta@yahoo.com.ar










Inventren







AULLIDOS*



Es medianoche. Han apagado las luces del vagón para que la gente duerma.
Afuera hay cielo estrellado con una luna plena que ilumina al interior del vagón. El haz de la luna dibuja formas extrañas con las sombras altas de los eucaliptos que arraigan en paralelas a la vía.
El hombre lee a Saramago gracias a una débil luz individual. Encuentra una frase que lo sacude: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre".
Piensa en su padre, nacido en un hogar campesino en la Italia de 1923. Ese sueño que lo sacudió ya anciano: los lobos se comían a sus ovejas y él no podía hacer nada para evitarlo. Así se despertó. De la cara de espanto de su padre el hombre no se olvida. Piensa en su padre, en él, en sus hijos. En otros padres con sus hijos. Todos acechados y finalmente devorados por la culpa. El espanto no lo deja dormir.

En los sueños de muchos hay aullidos.



*De Eduardo Francisco Coiro.









-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
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Thursday, July 27, 2017

COMO UNA VAGA SEÑAL EN EL CIELO…



*Obra de Ray Respall Rojas.










A UN VAGABUNDO*


Al zapatero Pantaleón, abandonado por todos.



Él va por las calles
cargado de penas,
sin temores.

No le avergüenzan sus zapatos rotos. No le importa que lo vean en su desamparo.

Recoge del suelo un periódico viejo: lectura, lecho, sombrero. Sólo piensa,
piensa
en lo que le falta...

La gente comenta
al verle pasar:
Caminando,
caminando
siempre está.
¿Cuántas cosas conoce?
¿Cuántos rostros ha visto?
¿Cuántos años ya vivió?
¿Tendrá hijos ese feo animal?

El los oye,
en silencio los oye hablar.
Con sus ojos de perro triste
los mira,
calla,
llora,
y prosigue su caminar.



*De RAY RESPALL ROJAS.
La Habana. Cuba.










COMO UNA VAGA SEÑAL EN EL CIELO…









Engranajes*


El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí estábamos, por irnos y no.
Antonio di Benedetto, Zama




*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Góngora y Lemus jugaban cartas en el silencio de la habitación. Un foco amarillo, medio muerto, aleteaba. Las manos escondían el juego. Los ojos en la mesa, velados por el humo acumulado, por las nubes que las bocas alentaban. Displicentes, lentos ajedrecistas, a sus piezas. A los dados habían jugado antes. Sin embargo la aburrición, el azar que en ese momento no decía nada, los habían conducido a las cartas.
—Es medianoche— dijo Góngora.
—¿Y qué? —respondió el otro
—Ya debería estar aquí.
—A veces tarda —lo tranquilizó.
Los vasos brillosos. Sus orillas redondas y nubladas. El alcohol—apenas diluido en los hielos— los despabilaba. Desde hacía años tenían varias coincidencias: la paz del whisky, su lenta fiebre, su progresivo ascenso a la cabeza. Lemus tenía una herida reciente sobre la ceja derecha. Góngora, huellas de sangre en la nariz. Los zapatos habían dejado un rastro de lodo en la cochera. En la siguiente mano de cartas la herida de Lemus brilló, quizá motivada por las esquirlas de luz, por el semblante descolorido y sin vida. El foco parpadeaba, casi inservible. Entre amarillos, volutas, las cosas.
—¿Y la maleta? —preguntó Góngora.
—Está en el cuarto
Con codicia miraron el inventario de cartas. Siguieron jugando un rato aunque las nervudas manos los delataban. Los ínfimos movimientos. Góngora, buscando desahogo, se rascaba las sienes. La codicia en los dos, la imagen de los billetes. Después de la última partida Lemus dijo:
—Voy por la maleta.
Góngora inclinó la cabeza. Los ojos grandes siguieron los pasos del otro. Y la inestable luz le carcomía la cara y la sombra de su cuerpo anegaba una parte de la mesa. Tan densa como un charco, pensó. Tan nítida era, una silueta viva, en la espera.
Lemus regresó:
—Deberíamos contar los billetes.
Los hombres comenzaron a sacar los fajos de la maleta.




***



El whisky volvió a fulgurar en los vasos. El mantel manchado de la mesa, los motivos frutales medio borrados; los tenedores. La botella menguó, asediada por los oficiantes. Los escrupulosos habían contado los billetes dos veces. Apilados por denominaciones, junto a los vasos. Por precaución una pistola. La siguiente partida. Pero los ojos atentos al reloj. Los segundos sin ruido, más lentos. Hecho el tiempo esa noche, para atascarse.
—¿Lo habrán atrapado? —dijo Lemus
—No sé.
—Al menos una llamada.
Acabó de improviso la partida. Los dos se miraron. Las cartas descubiertas y el juego expuesto. Abundantes tréboles y ases. Magro juego. Pocas combinaciones. Las cabezas en dirección al teléfono. La vasta habitación reproducía sus temores. El vuelo de un mosquito, amoroso al halo del foco, era amplificado por el silencio.
Góngora fue a la ventana. Dudó un instante antes de apartar la cortina. Afuera, un camino de tierra, los desperdicios del maíz, perros nocturnos, falenas, desperdigadas luces.
—¿Miras algo?
—Bien muerta, la noche.
Volvió a su lugar la cortina. Las ventanas comenzaban a helarse. El vaho de la noche las opacaba. Intentaron volver a la normalidad.
—Hay que esperar al día, unos horas, nada más—dijo Lemus mirando sus dedos. Las uñas despostilladas fueron a la herida en la ceja. Se concentró en la hinchazón, en el ardor que le aguijoneaba el ojo.
Góngora, buscando respuestas, remiró la cocina: en la mesa sólo los inútiles reflejos, el ámbito amarillo en todo y los hielos en los vasos, a pesar del frío, desmoronándose.




***



El transcurso de las horas, una tortura. El whisky en los ojos amilanaba. Ya no había cigarros. Sólo cadáveres en el cenicero, apilados; una solitaria voluta sobre ellos. Lemus, mirando a la leve, retorcía el cable del teléfono. Imaginaba al ausente, interrogado en una silla, su cara anónima por las bocanadas de una lámpara. ¿Dónde están? ¿Sus nombres? ¿Por dónde huyeron? Lemus casi miraba en la penumbra a los captores. Las voces difusas, los brillos de los ojos; también las placas.
—¿Qué piensas? —dijo Góngora.
—En que no hay mucho tiempo.
—No podemos estar aquí.
Cavilosos consumieron los asientos del whisky. Prendieron el radio en busca de alguna noticia. En vano. Entre la estática, entre las inútiles voces, sólo algarabía y acordes. Caminaron en círculos. Triste carrusel los dos. Perros enjaulados.
—¿A dónde vamos? —dijo Góngora.
En el silencio de la habitación quisieron huir en despoblado, aferrados a la maleta, alejándose de la carretera. Borrarían innumerables pistas, vigilarían huellas. Atentos al horizonte de la bruma, en el imaginario la llegada de barcos enemigos, peligrosos contingentes. Las heladas respiraciones y la lujuria expuesta en los rostros, incontrolable por los billetes.
—No sé —respondió Lemus.
—Quizá esté cerca de aquí.
—No va a llegar.
Sin alcohol, con los cigarros vueltos humo, nada en la mente. Góngora se acercó a la puerta. El whisky en su cuerpo bullía. Recordó el gesto del desconocido mientras lo amenazaba con la pistola. La sangre, entonces, un hervidero. Los ojos calientes, tensos los nervios, el torrente que venía de alguna parte y que le abultaba las venas. Recordó que el desconocido, a pesar de la amenaza, del probable fuego, le buscaba la mirada deseando la muerte. El hombre, pensó Góngora mientras huía por la calle, tenía en sus rezos al dios de los prematuros, de las naves que naufragan, de los árboles que nunca crecen.



***



Lemus, gato apresado, dio una última vuelta por la habitación. Miró a Góngora.
—¿Salimos?
—Espera —murmuró Góngora, después inclinó la cabeza y movió el cuerpo. Los brazos como los insomnes, por instinto, hacia las ventanas. El sonido de un auto llenó la calle. El silencio alrededor era pleno: sólo el transcurrir de las llantas y el resto del andamiaje. Insectos se reunían en las ventanas por la inestable luz. El zumbido de los convocados, murmullo de mucha gente, casi los engañaba.
Los impacientes se miraron. Ganas de romper el reloj, de tomar el teléfono, marcar números al azar, esperar una voz y confesarlo todo.
—Hay que apagar la luz—dijo Lemus.
Hubo en Góngora un poco de incredulidad. Pero el semblante de Lemus no era de nieve. Ahora temblaba y era rico en temores. Oprimió el apagador. El auto pasó a un lado de la casa pero no se detuvo. En las ventanas un último reflejo. La habitación tuvo nuevo peso. A la distancia los objetos zozobraban, inundados por la noche. En el ámbito sólo luz del exterior, muy leve entre los hombres, vagando. Varadas en sus lamentaciones, las figuras. En un sutil artificio, una búsqueda de señales, las manos abiertas y vencidas, como si en ellas el peso de innumerables peces.




***



¿Había pasado el tiempo? Sentados en la mesa, repletos de oscuridad, ignorantes. La faz de las cartas, manchas de luz entre sus manos. Pensaron en la luna entre las ramas de un árbol, dejando una cauda. Góngora le contó a Lemus del hombre, de su mirada que todavía lo buscaba. Las consecuencias se encadenaban, infinitas y redondas. Tal vez el hombre lo siguió. Tal vez en la esquina, en el edificio de enfrente. Tal vez la casa, en ese momento, rodeada por la policía. Góngora decía que imaginaba las voces, los susurros, los pasos. Que la cara del hombre en la faz de las cartas, nítida, mientras jugaban.
—Tonterías —dijo Lemus.
—¿Qué hacemos? —arremetió Góngora.
Miraron las desmesuradas pilas de billetes. Torres anchas, vigías, imaginaciones. Llevaría tiempo guardarlas en la maleta. A un lado la pistola.
—El otro quizás esté muerto; tu hombre, no sé —dijo Góngora mientras iba a la mesa, motivados los ojos por el metal de la pistola. Lemus, apenas visible, avanzó a tientas, vacío, vadeando los muebles.
—¿Y nosotros? —dijo Lemus.
Góngora apretó los labios. Sin sombra, sólo silueta, indeciso junto a los estantes. Miraba y se relamía y husmeaba el espacio con la tosca nariz. De repente quiso consultar el reloj y lo buscó ahogado en el mueble de enfrente, entre las demás cosas.
—¿Dónde está?
—¿Qué?
—El reloj.
Lemus aguzó la vista. Buscó encima del refrigerador, cerca de las llaves, junto al coronado cenicero. Después fue a la mesita de madera, la del teléfono, precisa por la luna al inicio de las escaleras. Nada.
—¿Dónde está? —repitió, reclamándose.
Siguieron buscando con una lámpara de pilas. Indagaron los cojines de la sala, cajones inferiores, botellas de cerveza, calendarios. Restos de polvo, por el haz, se descubrían. También los muebles intactos. Las manos de Lemus abandonaron la lámpara y tantearon. Atentas a la forma redonda, a la retumbante campanilla. Góngora, inútil comparsa, revolvía el aire.




***



Hartos estaban de buscar cuando escucharon al auto en la calle. El sonido más vivo que antes, el pesado andamiaje, el rechinido, las luces. El resplandor a través de los cristales, amarillo, el de un faro. La bocanada tocaba a los hombres. Instantes de ámbar en los rostros, como antes, con el foco. Se encorvaron por instinto. Las miradas a la puerta, a la cerradura, al improbable giro de la perilla. Pero cuervos en el temblor de una rama, con entereza, esperaron. Bajaron las voces:
—¿Y si es él?
—¿Por qué no se detiene entonces?
—No sé, tal vez desconfía.
—Es la policía.
—Hubiera llamado.
—No tuvo tiempo.
—¿Entonces?
El auto, como la primera vez, siguió de largo. Y destacó el mutismo del teléfono y el hervor de insectos siguió y de nuevo en el punto de inicio. Indecisos, sólo en los cuerpos los latidos. Después el aullido de un perro, el frío que ascendía y asediaba los huesos.
—Va a regresar —dijo Góngora.
—Esperan que salgamos— completó Lemus.
—No lo haremos.
Góngora tomó la pistola. En el otro aún perduraba la inseguridad, la sensación de que intensos ojos lo espiaban.





***



El auto pasó una vez más. Orbitando la casa, sus cortos intervalos, casi imposible la huída. La desparramada luz. En los cristales el fantasma, la procesión entrevista tras los sillones. Y los dos espectadores, fugitivos en su casa, boqueando. Los ojos de pez llenos de asombro. Imaginaban nubes de tierra entre las llantas, por los baches. Incluso intentaron poner un rostro al conductor. El del ausente, quizás un testigo del robo, un policía de bigotes. ¿Iría solo?, ¿con pasajeros?, ¿cuántas armas? Pensaron en una risa bullendo en el auto, justo cuando pasaba frente a la casa. Una risa aguda, carcajada festiva, serpentinas, burbujas en el aire. Y después la luz recorriendo la calle, posada en la ventana, detenida ahí, por instantes, con avidez de insecto.
Góngora sopesó la pistola. El brillo de la empuñadura en los dedos, diminuta luna, alumbraba. Quiso tener un blanco para disparar, quiso chispas en la boca de la pistola, fuegos artificiales; un cuerpo enfrente, a sus pies, humeante.
—Tenemos que contar —dijo Lemus, haciendo a un lado sus imaginaciones.
—¿Qué?
—El tiempo en que tarda en pasar el auto.
—¿Piensas en el intervalo?
Góngora asintió en silencio.
Buscaron una hoja de papel y un lápiz. La lámpara avivó muebles, cajones. Como viento apartando nubes, el haz, en los objetos. Estaban listos cuando hubo un problema importante: la desaparición del reloj. La ausencia renovó el malestar, una intromisión en la cuidada estrategia, la única seguridad que tenían para aferrarse.
—Tendremos que calcular nosotros —dijo Lemus.
—En cuanto pase empezamos a contar.
—Al mismo tiempo, sin distracciones.
—Muy bien.
Escondidos tras un sillón. Un consumido lápiz entre los dedos, la hoja cuadriculada; las armas. Con nervios, en una trinchera, no hablaron. Sólo faltaba el humo de los cigarros y los sacos de arena. Pero las quijadas apretadas remitían a la guerra, también los ojos devorados por el alcohol, por el forzado insomnio.
Después de un rato escucharon al auto. A la misma velocidad, tiempo suficiente para prepararse, una respiración profunda. Los hombres inclinaron las cabezas. La velocidad del auto disminuyó, rodaba tan lento que pensaron en el andar de un animal esforzado, en un barco pequeño, suspendido en la inmóvil marea. Góngora, impaciente, enderezó el cuerpo y avanzó un trecho para espiar por los cristales.
—Creo que es un Datsun viejo, color blanco —dijo.
El informe tentó a Lemus.
—¿Distingues al conductor?
—No.
—Regresa, es peligroso.
Góngora se arrastró hasta su posición de combate. A pesar del esfuerzo, del movimiento dócil y cuidado, no pudo ocultar el tintineo de las monedas, inquietas en el fondo de los bolsillos.
El auto llegó al final de la calle y, como antes, dobló en la esquina derecha.
—Ahora —dijo Lemus.
Empezó el murmullo de números, un rezo vivo en las bocas. A la distancia las voces se unían, una sincronía de insectos. Siguieron contando. Las lenguas al unísono, también los labios. El tiempo, sujeto a las palabras, transcurría de otra forma. Más verdadero que el otro, el de los relojes.




***



El auto volvió a pasar: en el papel diez minutos exactos. La redonda cifra alarmó. La precisión maléfica, de miniaturista, perturbaba. ¿Habían sido ellos? Quizás una sutil maniobra, de los de afuera, en sus bocas.
—Tal vez se dieron cuenta
—¿Qué?
—De que los viste, te vieron.
—No lo creo.
Sopesaron probabilidades, las más fantásticas ganaban. Lo único cierto era la inmovilidad. Estar los dos, en charola de plata, listos para el depredador. Sólo el enroque final y la última embestida. Una señal que así, a oscuras, no vislumbraban. Quizá por el jardín, caminado en la azotea. Sigilosos policías en el cerco. Miraron el techo. ¿Volver a contar? ¿Huir ahora? En cónclave meditaron: a favor la semioscuridad, acrecentada por las densas nubes que manchaban la luna. Y después, más seguros, al otro lado de la calle, aprovechar el siguiente intervalo para internarse en despoblado o, en caso contrario, buscar el amparo de los matorrales. Tal vez, incluso, habría tiempo suficiente para recomenzar o componer el trayecto. Sólo la coordinación, la fortuna del movimiento, el instante preciso, garantizarían la victoria.
—Muy bien.
—Esperamos una última vuelta y nos largamos.
Decididos fueron a la cocina. Miraron las altas torres, las varias denominaciones. Lemus puso la maleta en la mesa. Abrió el cierre. Desbarataron las torres, pronto ruinas entre las manos. Mientras metían los fajos Góngora miró las uñas de Lemus. Destacaban, monedas brillantes, en la penumbra. La del pulgar, un poco más larga. Espolón para la lucha, pensó Góngora, para el abordaje.
—Espera —dijo Góngora.
—¿Qué?
—Será muy pesada la maleta para la huída, mejor repartimos el dinero en partes iguales, tengo una bolsa.
Lemus lo miró. La desconfianza era evidente en el otro. El temor de traición, el despojo. La promesa que fácil enceguece, la codicia que despierta. Lemus, sin argumentos para rebatir, accedió con un movimiento de cabeza. Repartieron dos bultos de similar tamaño. Guardado el tesoro, con la carga a cuestas, regresaron a su lugar en los sillones. La conjura en las mentes, sólo una cuenta más, una vuelta más del Datsun blanco. El vibrar de insectos, los nervios, como el anterior temblor en el foco
—No debe tardar —dijo Góngora.
El sonido creciente del motor hizo buenas las predicciones. En el inicio de la calle aceleraba. En una pequeña subida el motor desfalleció, pero acrecentó el brío entre los baches, entre las nubes —también pequeñas— que las llantas del auto despertaban. El habitual recorrido, pensaron los hombres, el último que escucharían. El Datsun blanco, medio cansado, a trompicones, a pesar de todo, avanzaba.
Se acercaron a la puerta. Las coyunturas, los pies ligeros, la sensación de libertad que aturdía e impulsaba. Inclinaron los cuerpos antes de correr. Los hombres, antes homogéneos en la penumbra de la casa, mostraban sus diferencias en la bocanada. Lemus, un poco más alto, las uñas en filo y la herida que trastocaba la ceja. Góngora, el rostro pulido por el insomnio, los afilados pómulos y la paz de los ojos, a pesar de la experiencia. Como añadido, igual que la herida de Lemus, la costra de sangre bajo la nariz, sombreando roja los labios. En común el nervio del pez que remonta, que va contrario a las aguas y que busca, en el impulso, otro torrente. El Datsun blanco pasó de largo y en la cabina hubo breve vislumbre del conductor pero equívoco, como una vaga señal en el cielo o un reflejo percibido en la esquina del ojo.
—Ahora —dijo Lemus.
Abrieron la puerta y comenzaron a correr con sus cargas. En el primer trecho alcanzaron el jardín y cruzaron la reja. Los pies liberados de sus anclas, en el impulso, volaban. La otra orilla de la calle, su promesa en los ojos, en el escape. No miraban al otro. Lemus adelantó un poco pero Góngora emparejó la carrera. Veloces no eran pero en el ansia ligeros se imaginaban. A breve distancia de la orilla, con el despoblado en perspectiva, la maleta de Lemus se abrió, abrumada por el peso. El cierre había cedido lentamente desde el inicio del escape e, incapaz de contener el cauce, dejó en libertad su contenido. El caso de Góngora fue similar aunque relacionado con la premura en la salida. La bolsa, en un primer instante, había tocado los agudos filos de la reja y, desgarrada, soportó el principio del embate. Pero los jirones de plástico poco pudieron hacer y pronto la fuga de billetes acompañó la ruta de Góngora. El valioso rastro en el suelo. La carga, entonces, granos en un reloj de arena, poco a poco, escapando. Los hombres sólo se detuvieron cuando los billetes comenzaron a revolotear. En carnaval los fugitivos aunque la algarabía era solitaria, encendida por el único farol de la calle. Los papelitos, por el viento, casi con vida propia. Algunos husmearon por lo bajo, otros buscaron cielo, a la altura de las ventanas. Los menos afortunados quedaron atrapados, como afiches en la pared, en esqueletos de arbustos y matorrales. Lemus y Góngora no intentaron recogerlos. En silencio, a la mitad de la calle, testigos de la desbandada. Sin ninguna motivación, extrañamente liberados, miraban y miraban. No las casas, no la bruma, no el farol y su sortilegio. Tampoco el despoblado. Concentrados en sus zapatos, en las puntas indecisas por el galope, cubiertas de polvo y alboroto. Después de los zapatos alzaron las cabezas y miraron el final de la calle en busca del Datsun blanco. Pero el silencio era pleno y no hubo atisbos de luces.





-Del libro de cuentos "La herrumbre y las huellas".


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.














Descubrimiento del polvo*



Llueve en mi ciudad.
En la que traigo dentro.
De la que no puedo
decir su nombre.

Justo ayer le abrazaba
mientras sus riachuelos de mugre
nacían y se alejaban de mí,
intrusa retama de tu ventana.

Así nació tu espera,
mi encuentro,
nuestra llegada.

Otra vez eres tú
por donde deambula extraviada
la mirada de todos los días,
con sus rostros de animal
soñado por el televisor:
majestuoso alebrije
de tecnología e internet,
maldito avaro de tus sueños:
no comprendo cómo aún
retienes tu nombre.

Llueve en mi ciudad.
En la que traigo dentro.
De la que se ha perdido
el mito de su creación
en la memoria del gallo
que ha caído en la sartén.

A la que ayer abrazaba
mientras sus inmundas historias
llenaban charcas
que mañana evaporan
sin que en un libro
quede registro de sus nombres,
tan sólo un relato estúpido
donde se leerá:
“Ciclo del Agua”.

Llovemos a cántaros,
sin terminar de caer algún día:
coloides en el tiempo,
en tu piel,
en tus plumajes de ciudad.



*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com















EL OJO EN LA NUCA*




-Recuerde que, una vez de oprimido el botón “Despegue”- sentenció Lotwer, Segundo Jefe de Operaciones, - su mente comenzará a retroceder en el tiempo. Adaptado a la medida Pársec, el viaje alcanzará con exactitud cincuenta de sus años biológicos. Recuerde también que el Pársec es una medida de distancia y que el año es una medida de tiempo. Concluido el programa efectivizaremos el regreso.
-¿Está preparado?- Preguntó antes de mi partida, Stugger, Primer Ayudante de Aplicaciones ¿se siente cómodo? Insistió, volviendo a arreglar el almohadón que sostenía mi cabeza.
- Por las dudas de que falle la tecnología, espero que la teoría del tiempo cíclico resulte verdadera- Bromeé. Luego, ante la intranquila mirada de mi joven esposa, simplemente cerré los ojos.
Desde que fui seleccionado para ser la vía mediante la cual, se lleva a cabo el experimento “El ojo en la nuca”, todo es vertiginoso.
Se trata de una investigación de altísima pericia, proyectada y ejecutada por el conjunto de autoridades científicas mundiales. El proceso tiende a descifrar el desarrollo del universo y a confirmar el comportamiento acomodaticio, de las particularidades que aspiran a cubrir las necesidades de supervivencia de las especies. Mi participación consiste en transitar mentalmente y en reversa, millones y millones de años luz en el tiempo, desmenuzando los vericuetos del pasado. Los primeros avances hacia atrás, demostraron el ya conocido que los años que transcurren, irreversiblemente, están impresos en cada vértice de la naturaleza, que sus efectos se observan en todos los seres que la forman, vivos o no vivos, y que cada variación que altera o conforma la vida en el universo, ha sido determinada por circunstancias y necesidades.
La huella del sucederse de los siglos se deja ver también en nosotros, los seres vivientes de este planeta que orbita alrededor del sol y ha moldeado cada conformación que nos constituye. Esa es la base de la investigación que, sin importar la disciplina a la que pertenezcan, se propusieron nuestros científicos. Mientras que el objeto último, es observar el pasado más lejano para comprender el presente y poder manipular el futuro (abarcando el ambicioso “más allá de la muerte”).
-El tiempo es intangible y no se puede ver-se opusieron algunos. Otros apreciaron que el único modo de “atraparlo” es a través de grabaciones cinematográficas, fotografías, de audio y que el reloj es sólo un “pasatiempo”.
Los arqueólogos sostuvieron que el tiempo puede ser leído en los restos que la naturaleza se encarga de bien guardar y basaron su teoría en los fósiles que los planetas conservan.
Los historiadores se prestaron a colaborar en lo que respecta al pasado de corta duración y los astrónomos, los más entusiastas, unieron sus vítores para la investigación de larga data.
El experimento “El ojo en la nuca” reúne, aún en medio de agudas controversias, conocimientos científicos de todas las disciplinas, de unas más que de otras, tendientes a descifrar, en pos del futuro, el pasado del universo.
Insertaron en mi cerebro, una cantidad de adminículos de mecanismos complejos que, a partir del momento de activados y sirviéndose de la radiación electromagnética, me han permitido, minuto a minuto y sin desplazar mi cuerpo, navegar hacia el Big Bang. Me garantizaron a cambio atención médica permanente, alimentación de primera calidad y comodidades propias de un príncipe, haciendo extensivas tales delicias a mi familia, durante y después del proyecto.
En lo que cabe para mis hoy cuarenta y nueve años biológicos y sin moverme de la confortable camilla de laboratorio, he viajado hacia el pasado según el diseño. He superado ampliamente los márgenes en que comenzó la vida en el universo, almacenando en mi memoria, la información más asombrosa y esclarecedora jamás imaginada, la que, según lo planeado, podré develar únicamente luego de mi “retorno”.
Mi salud es óptima pero, como resultado de un desequilibrio emocional fuera de cálculo, producto de la sofocante y desgarradora soledad en que estoy inmerso, he comenzado a sufrir de amnesia funcional. Hecho imposible de ser advertido por la tecnología que manipula, al ahora avanzado transcurrir del programa. Lamentablemente, no existen probabilidades de que mi súplica por volver antes de lo previsto sea “escuchada” y, por lo tanto, modificada mi situación antes de que finalice el experimento y antes de que olvide hasta el último dato acumulado.




*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell














ME ACUERDO*



Me acuerdo de esos lirios,

de unos detalles rondando

las mañanas.

De un pequeño descuido

en los ojos.

De ese temor de ser

o no ser enteramente,

y tu voz recorriendo la prisa

por tenerme.

me acuerdo de la marca

de los coches.

Un café amargo esperando

mientras adolece el detalle

de estar y no dejar

las marismas vacías a tu encuentro.

me acuerdo,

de cómo el delirio

conduce a la destrucción o al amor.


*De Isabel Rezmo. isabelrezmo@gmail.com





-Isabel  Rezmo, (Úbeda, 1975) Poeta, formadora, maestra,  gestora cultural y prologuista. Miembro de varias asociaciones de escritores. Directora adjunta de la revista cultural PROVERSO. Dirige y presenta el programa de radio "Poesía y Más" en Onda Úbeda; y colabora en la emisora universitaria en Jaén UNIRADIO en el programa "Desde Jayjan" del poeta Manolo Ochando. Realiza talleres de iniciación a la poesía en Ed. Primaria y Secundaria; y colabora en varias revistas digitales nacionales e internacionales. Coordinadora de los Encuentros Internacionales de Poesía que se celebran en Úbeda  en el mes de  junio.











*


Mi papá cae de sorpresa para contarme un poco su semana. Trae un olor lejano a su árbol de limones. Todas las noticias, para bien o para mal, sacuden este cuerpo quieto que escucha y ceba mates. Algunas hojas se me caen. Las aparto, suave, con el pie. De amarillo y verde escucho cada palabra. Las lágrimas, ya saben, tienen sabor a limón.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com










Inventren







*



Hay un tren en la montaña que me vio nacer. Antes lo tomaba para pasear o mirar el paisaje del valle desde la cima. Era emocionante la rutina de prepararme para pasear en tren. Y era hipnótico su monocorde ritmo que solía adormecerme.
Una vez viajé lejos. Me alejé de mi familia con determinación porque no querían que me fuera de la montaña.
En el trayecto de regreso al pueblo luego de un viaje distinto durante años, luego de recorrer lugares nuevos y conocer gente diferente, noté desde mi visión lejana, que las vías del tren dibujaban sobre la montaña una línea paralela al valle. No había ascenso, solo una leve inclinación hacia un pico aledaño, que nada tenía que ver con el pico de la montaña que creí, desde siempre, visitar cada vez.
Noté ese rasgo y no dije nada, tampoco avancé en el razonamiento, ni calculé motivos, ni desconfié abiertamente de la inocencia de todos. Tuve como una de esas imágenes, esos pensamientos inconexos que es mejor no pronunciar porque, seguramente, provocarían desilusión, tristeza.
Nunca más sentí el deseo de subirme a ese tren. Tampoco volví a viajar tan lejos.
Por ahora prefiero sentarme, apartada, en la misma piedra que me sostenía cuando era chica, para cerrar los ojos y visitar los destinos reales que guardo en mi memoria, repasar las conversaciones en otros idiomas, los recorridos de trenes agitados,  prefiero sentirme extranjera, no ser parte de este tren que se traslada sobre el mismo paralelo y vuelve a abordar al mismo pueblo, una y otra vez, una y otra vez, monocorde como su ritmo.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com

-Publicó Intemperie.
-Por Viajera Editorial.











-Próximas estaciones de escritura:

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-

JUAN ATUCHA.  
–Por Ferrocarril Provincial-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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